EL CAMINO DEL HOMBRE SUPERIOR-DAVID DEIDA

 

Un libro para hombres

Llegué a este libro por mi esposo.

Él estaba muy emocionado con su lectura y, a medida que avanzaba en sus páginas, me compartía lo que iba descubriendo, había algo en su forma de hablar de este libro que despertó mi interés.

Y yo, en silencio, comencé a esperar.  Estaba ansiosa a que lo terminara para poder iniciar yo.  

Dice el autor:

“Este libro está escrito específicamente para personas que tienen una esencia sexual más masculina, y para sus amantes…”

Y aun así, tanto por su lenguaje como por el mensaje, yo sentía que estaba espiando. Claramente lo había escrito para hombres y les habla de sus sombras más oscuras: la lujuria, la fata de propósito, el miedo al miedo...

Había partes en las que me reconocía.
Otras que me resultaban completamente ajenas.
Y algunas con las que estaba en total desacuerdo.

Admito que cuanto más extraño me parecía, más curiosidad despertaba en mí. Una especie de morbo por descubrir los secretos ocultos de mi sexo opuesto.

He estado fortaleciendo en mí la habilidad de no rechazar de inmediato lo que no me hace sentido.

Antes, bastaba con una sola idea en desacuerdo para cerrar un libro, una conversación, una enseñanza completa. Hoy no.

Hoy puedo quedarme.

Puedo tomar lo que es verdad para mí…
y dejar lo que no.

Pero he terminado por darme cuenta de que, justamente ahí, en aquello que más me confronta, suelen estar las mayores posibilidades de expandirme y crecer.

Ahora sé que puedo tomar lo que quiero y desechar lo que no.

Algunas generalizaciones que el autor hace sobre las mujeres me producían rechazo. Pero, al mismo tiempo, cuando lograba acallar mi ego, podía ver lo que realmente había para mí allí.

Estaba encontrándome con la mirada de él —y seguramente de muchos hombres— hacia lo femenino. Hacia mí.

Y para mi sorpresa, en lugar de cerrarme, eso comenzó a darme claridad.

Sobre cómo soy vista.
Sobre cómo me relaciono.
Sobre lo que despierto.

Gran parte del libro gira en torno a la relación del hombre con su pareja.
Y hay una idea que se repite, de distintas formas:

La manera en que un hombre ama a su mujer es la manera en que ama la vida.
Es la manera en que se encuentra con el mundo.
Es la manera en que se abre —o se resiste— a lo espiritual.

Y al leerlo, no pude evitar darme cuenta…

Es también cierto al revés.

Masculino y femenino.

Hay una idea que ha comenzado a repetirse en muchos espacios:
la de estar polarizados en lo femenino o en lo masculino.

En este libro profundicé en ello.

La primera vez que escuché este término fue en el contexto de las relaciones de pareja.

La persona que lo explicaba aseguraba que la base de los conflictos no era la falta de amor, sino el que alguno de los dos —o ambos— no se encontraran en su esencia.

Según esta mirada, la relación fluye cuando:

El hombre aporta a la relación dirección, fuerza, propósito, decisión, sostén, recursos, resultados, estructura y determinación. Un hombre proveedor que sostiene a su pareja.

Por su parte, la mujer entrega: Sensibilidad, belleza, contención emocional, sensualidad, misterio, rendición, devoción, intuición y caos. Una mujer entregada a la profundidad del vínculo, que cuida y acompaña.

Así que, si deseas atraer a la pareja “indicada”, debes asegurarte de estar encarnando la energía correcta.

Y entonces aparece una promesa silenciosa:

Si encarnas tu energía, el otro responderá.
Si te polarizas, el vínculo se ordena.

Así, si deseas atraer una energía masculina, te invitan a habitar profundamente lo femenino.
Y al contrario. A mayor polaridad, mayor atracción. A hombres muy masculinos les atraen mujeres muy femeninas.

O, si ya tienes una pareja estable y deseas despertar los dones que quieres recibir de ella —sin tener que cambiar de persona—, entonces asegúrate de entregar a la relación la energía que te corresponde.

Así, por correspondencias de las leyes de lo femenino y masculino, tu compañero entregará la otra parte. De lo contrario ella tendrá que ser masculina para él y/o él femenino para ella. 

Estás, de alguna manera, atrayendo a tu pareja ideal en el cuerpo de tu pareja actual.

Esto me parece bellísimo.

Pero no reducido únicamente a la energía sexual, puedes traer la dulzura, la honestidad, la salud al cuerpo de tu pareja actual si sabes encarnar esa verdad en ti.

Es cuestión de saber mirar a quien ya está. De comprender que, en una relación, no solo recibimos: también evocamos.

Que lo que el otro es… también responde a lo que yo estoy siendo.

MAV

En mi opinión, este dogma es el que está detrás de los términos Mujer/Hombre tradicional (Traditional Woman/Men) y Mujer/Hombre de Alto Valor (High Value Woman/Men), que están tan de moda en redes sociales y son difundidos por ciertos mentores de desarrollo personal.

Lo escuché de cerca el año pasado, en una conferencia en Medellín en el marco de la feria Effix.

Allí, la speaker nos invitaba a convertirnos en una MAV (Mujer de Alto Valor).

Sin pensarlo demasiado sabía que no resonaba con esto, al igual que cuando avanzaba en la lectura de este libro y encontré, aquí también, la idea de permanecer polarizada en mi energía femenina. No me hace eco esta forma de comprenderlo.

Ser una MAV implicaba habitar constantemente una versión limitada de lo femenino y mantenerte allí, pues de lo contrario pierdes poder. Cuidar la apariencia, verse “femenina”, actuar “femenina”.

Ser dulce.
Disponible.
Nutridora.

Atender al otro.
Sostener el vínculo.
Mantener encendida la energía.

Incluso, la speaker se atrevió a sugerir que debíamos mantener relaciones sexuales al menos tres veces por semana para sostener una “alta energía”.

Y, bajo esta lógica, algo más se prometía:

Si te mantienes polarizada en esa energía, te vuelves magnética —una cualidad de esta energía—. Atraes sin esfuerzo excelentes oportunidades: laborales, financieras, de emprendimiento y, por supuesto, un hombre de alto valor. Uno que encarne lo masculino en su máxima expresión: dirección, decisión, estructura y, muy importante, provisión para el hogar.

No es verdad para mí.

Estas recetas sobre cómo encarnar las energías no me hacen sentido. Como si intentaran nombrar algo vivo… desde un lugar rígido.

Tengo claro que, más allá de lo que se ve afuera, todo parte del interior.

Me parece un pensamiento limitado creer que la energía —sea masculina o femenina— deba verse de una forma determinada, llevar ciertos colores o cumplir con una forma de vestir, una manera de hablar...

Es una visión simplista identificar las energías con los condicionamientos culturales sobre los roles de mujeres y hombres. Eso, más que energía, es historia.

En mi caso, encontré mucha más claridad para comprenderlas al mirarlas desde otros lugares: el sistema nervioso simpático y parasimpático, los hemisferios izquierdo y derecho del cerebro, el yin y el yang.

También fue fundamental, para entenderme como mujer, liberarme de todo aquello que me habían dicho que debía ser o parecer: ocuparme de mi esposo e hijos, ser amable, compasiva, no incomodar, acompañar, cuidar…

Llegué a creer que en el ideal de mujer no había espacio para la libertad, para ponerme en primer lugar, para incomodar, para ser volcánica en mis emociones o directa en mi forma de decir.

Y, sin embargo… no tiene que verse como nada.

Todo está disponible.

Mi papel —tu papel— es decidir, y sentir, quién eres
y qué es importante para ti.

Demasiado de algo… en realidad, es muy poco de todo.

Suelo escuchar a algunas mujeres decir: “tengo demasiada energía masculina”.

Lo dicen cuando no logran conectar con el placer, el recibir, la relajación o la alegría.
Pero, en mi mirada, ahí hay una confusión.

Porque no es exceso.
Es desconexión.

No es que sobre lo masculino, es que falta coherencia en la energía.

Lo que suele ocurrir es que estamos profundamente inmersos en la hiperproductividad y el consumismo. Quizá sería más preciso decir que estamos patriarcalizadas.

Vivimos en un mundo que nos empuja a:

A hacer sin pausa.
A producir.
A responder.
A llenar.

Un ritmo que no deja espacio para ampliar el zoom y preguntarnos si todo eso tiene sentido.

Pero una energía masculina verdadera no es agotamiento.
Es dirección.

No es urgencia.
Es claridad.

No es hacer por hacer.
Es saber hacia dónde y cuándo parar.

Cuando hay presencia en esa energía, sabes lo sagrada que es, entonces cada acción estaría alineada con tu propósito. Cada movimiento en coherencia con tu bienestar y tus valores.

También he comprendido algo más profundo: cuando trabajas una, trabajas las dos.

Las dividimos para entenderlas, pero en la experiencia son una sola corriente.
Si una se debilita, la otra también. Si una se fortalece, ambas despiertan.

Porque lo que llamamos femenino y masculino… no son opuestos. Son expresiones de la misma vida moviéndose en ti. Son tu energía vital.

No quiero una mitad

No quiero que mi dirección, mi fuerza o mi capacidad de decidir dependan de él. Pero tampoco quiero un hombre que solo sea estructura y provisión.
También deseo de él su ternura, su capacidad de amar, su entrega, su vulnerabilidad.

Tampoco deseo cargar con el peso de ser siempre su sostén emocional, de llevarlo a la alegría, al placer o de cuidarlo constantemente.
Es demasiado peso, tanto para él como para mí.

¿Acaso no quiero serlo todo en mí?

Mi gran pregunta es:

¿la única forma de estar en armonía —con la pareja o con el mundo— es polarizarse en una sola energía?

Tal vez esto dependa de cada persona y de su propia definición de armonía.

Para mí, armonía es sostener un baile fluido entre mis energías internas.
Eso sí: desarrollarlas ambas.

Para mí, armonía no es equilibrio estático.
Mi meta no es quedarme en un punto neutral.

Se trata de poder moverme.

Es poder acceder a mi claridad, a mi dirección, a mi determinación…
y también a mi suavidad, a mi entrega, a mi placer.

Confiar en mí lo suficiente para decidir. Decisiones que sean mías sin importar si son correctas o no, pero asumiendo sus consecuencias.

Y confiar en la vida lo suficiente para soltar.

Es ir hacia lo que deseo con fuerza, saber cuándo y cómo poner límites… y también saber rendirme cuando el momento lo pide.

Es tener planes, estructura, disciplina y también bailar en el caos y el misterio.

¡Por la Diosa! ¿Quién no querría eso?

¿Acaso no todos buscamos esto, sea hombres o mujeres?

No quiero una relación donde cada uno cumpla un rol fijo. Quiero una relación donde ambos podamos expandirnos.

Donde yo pueda estar totalmente apasionada y entregada a mí propósito, y sentir su apoyo.

Y donde también pueda soltarlo todo y rendirme al amor, al placer y al misterio; y saber que me lo puedo permitir porque él me está sosteniendo.

No somos, estamos siendo.

El autor afirma que el precio que paga una pareja al estar polarizada en la misma energía es la extinción de la pasión sexual.
Y, en parte, lo comprendo.

Hay algo en la diferencia que enciende.
En la tensión entre polos que crea movimiento.

Lo que no comparto es la idea de que el hombre deba permanecer siempre en la energía masculina y la mujer en la femenina. Porque no somos una sola cosa. Estamos siendo.

En mi sentir, la verdadera intimidad es encontrarnos en el movimiento, lograr sincronizarnos y sostener la polaridad entre ambos.

Es tener la honestidad de ver dónde estoy y la sensibilidad de percibir dónde está el otro. No desear imponernos al mismo tiempo, ni tampoco soltar el control simultáneamente. Saber cuándo avanzar… y cuándo rendirme. Saber cuándo sostener… y cuándo dejarme sostener.

Eso es lo que deseo en una relación: No un acuerdo rígido, sino una danza. Bailar la vida con la libertad de experimentarlo todo.

Si ambas energías están disponibles, ¿qué sentido tiene limitarnos o restringirnos?

Eso sería coartar nuestra libertad.

Creo que la pasión de la que habla el autor no depende solo del otro. No es un juego de encajar con el otro. Es un encuentro conmigo.
No se trata únicamente de hacer match con la energía del otro, sino del matrimonio interior de mis propias energías.

Y desde ahí… la vida entera se vuelve apasionada.

¿Puedo amarle lo suficiente para no domarlo?

El autor habla de la repulsión que puede surgir cuando vemos a nuestra pareja encarnar la energía que sentimos como propia.

Esto implicaría que me incomodaría verlo expresar su energía femenina, y que a él le incomodaría presenciar mi energía masculina.

¿Por qué habría de incomodarme la libertad del otro? ¿Por qué me dolería verlo expandirse,
habitarse, ser?

Si su alegría me incomoda, si su libertad me amenaza, ¿desde dónde estoy amando?

En esos casos, quizás sea necesario reconocer que eso no es amor. Parece control. Parece miedo. Parece ego. Tal vez, sería más honesto estar sola y no pedirle que sea menos para que yo me sienta más cómoda.

Porque la pareja —usando las palabras del autor— es: “la mutua independencia, la mutua entrega o el mutuo servicio amoroso” (p. 209).


Sexualidad

En mi experiencia —y a partir de lecturas anteriores (te invito a leer mi escrito inspirado en Slow Sex)— he comenzado a mirar el orgasmo de otra forma.

No como un resultado. Sino como una capacidad. La capacidad de sentir placer.

No es solo si puedo tener placer, sino si lo busco activamente en mi día a día, en lo cotidiano, en lo simple, en lo que casi pasa desapercibido. En cada momento y lugar existe la posibilidad de sentir placer. De reconocer esa posibilidad y potenciarla para exprimir el mayor disfrute posible.

¿Por qué no vivir desde el placer?

Al llegar al tantra, lo primero que se aclaró fue que había estado siendo una mujer que deja su placer al azar, sin darle importancia, sin pensar en él, o reservándolo solo para ciertos momentos. Incluso cuando el placer llegaba, en algunas ocasiones, sentía culpa por darme ese permiso. Lo primero es quemar todas esas creencias que me alejan del orgasmo.  

Entonces dejar entrar la verdad: el orgasmo tiene que ver con mi capacidad de conectarme con los estímulos, reconocer cuáles son placenteros y potenciar aquellos que sí lo son.
Se trata de estar presente, de sostener la atención en las sensaciones sin juzgarlas.

Es poder pedir y dirigirme hacia lo que se siente bien en mí.

Es abrir el cuerpo, para que sea un canal sin obstrucciones, donde la energía circule. Sin tensión. Sin culpa. Sin resistencia.

La pasión sexual no depende de la polaridad del otro. Depende de mí. De cuánto estoy disponible para sentir.

Aún sin pareja, en soledad, no dejamos de ser seres sexuales.

El otro no crea el placer. Lo despierta, lo amplifica…Solo podemos sentir placer en nuestro cuerpo, no en el del otro.

Cuando entramos en el juego de dos, sí me hace sentido que exista cierta polarización en la seducción. Aunque también reconozco que esto puede estar influido por condicionamientos culturales y juegos de roles.

No por eso lo descarto. Puede ser divertido, fortalece el vínculo y potencia la pasión sexual.

“Si deseas jugar en el campo de la pasión sexual, tienes que potenciar las diferencias entre lo masculino y lo femenino.” (p. 19)

Lujuria.

Había metido la lujuria en el cajón de la maldad.

Y así, cada vez que este deseo intenso provocaba excitación en mi cuerpo, activaba de inmediato una respuesta reflejo: culpa y vergüenza.

De esta forma, dejé ese impulso muy bien guardado bajo llave, intentando evitar la “desgracia”.

La palabra proviene del latín luxuria, que originalmente significaba “abundancia”, “exuberancia” o “vida extravagante” (Wikipedia).

En la antigua Roma no tenía una connotación negativa.

Se usaba incluso para referirse al crecimiento desmedido de las plantas. Era entendido como un exceso.

Fue el cristianismo, a partir del siglo III, el que adaptó el término para referirse al “pecado” del deseo sexual desenfrenado, viéndolo como un exceso del apetito carnal y no como un exceso de energía sexual.

Así comenzó en nosotros el rechazo hacia esta energía, siendo, paradójicamente, una de las fuentes de poder más grandes que tenemos a nuestra disposición.

“Nuestra aceptación de la atracción sexual… es la base de nuestra capacidad de experimentar placer corporal” (p. 99). Negrillas fuera del texto.

Esta lectura amplió mi comprensión sobre la fuerte atracción de lo masculino hacia lo femenino, en particular sobre cómo muchos hombres se sienten intensamente movilizados por mujeres que encarnan cualidades como lo bello, lo voluptuoso, lo abundante, lo delicado, lo sensual, lo nutricio y lo fértil.

Una atracción que se despierta sin que ellos decidan sentirla.

Mi reacción ante esto fue de asombro.

Porque también reconozco en mí ese impulso hacia lo masculino, pero con una diferencia: en mí aparece en momentos específicos de mi ciclo hormonal.

Pensé: “Es como si él (mi esposo) permaneciera ovulando todo el tiempo. 

¡Cuanto desgaste energético!”

Hablé con mi pareja acerca de esto, y llegamos a una nueva profundidad de comprensión entre los dos.

Advierte el autor: “A menudo desearás a más de una mujer”.

Y yo lo puedo ampliar a mis compañeras de género: “A menudo desearás a más de un hombre”. 

Este deseo intenso no es el problema.

Lo que sí lo es, es avergonzarnos de ello y desperdiciar todo el potencial que hay en esta energía.

También lo es creer que debemos reaccionar automáticamente, corriendo tras la persona que lo despierta, disipando así su fuerza.

O malinterpretarlo, asumiendo que esta energía nace en el otro, y no en nosotros… hasta sentirnos víctimas de nuestro propio cuerpo.

La fuerza que asciende

El llamado es a recuperar tu poder y reconocer que el origen de esta energía es divino, que está disponible para ti y que tienes derecho ilimitado a ella, por la única razón de que estás vivo.

“Tu confesión del deseo es una confesión de tu deseo de abrazar la vida… Finalmente reconocerás que todo deseo es un aspecto de tu impulso original de dar amor” (p. 99).

Algo profundo y esencial cambió en mí.

Ahora, en lugar de avergonzarme por este impulso, busco sentirlo… sin necesidad de sexualizarlo.

Comprendo que no se despierta únicamente por un hombre o una mujer, ni pertenece a una sola energía.

Siento atracción por lo femenino y lo masculino en múltiples formas: en las personas, en la naturaleza, en los objetos, en las actividades.

He comenzado a recibir ese “shot” de energía como un regalo.

No quiero deshacerme de esta lujuria. No quiero ir por la vida pidiéndole a otro: “quítamela, quítamela”.

Al contrario, elijo honrarla. Sumergirme en ella, pues es la vida misma. Ahora quiero respirarla y ponerla a circular en el cuerpo.

No espero encontrar el deseo o el placer por accidente. Voy tras ese exceso de energía vital activamente.

Los busco incluso en lo inesperado. Llego a un lugar y presto atención, permitiendo que lo que está afuera entre por mis sentidos y me llene de energía. Y me alejo, con la misma intención, de aquello que me desconecta de sentir.

Cuando encuentro ese plus de energía vital, he aprendido a llevar mi atención al cuerpo, a potenciar el placer, respirando cada sensación como si pudiera beber de ella y saciar mi sed. Sintiendo gratitud por ser vida.

Llenándome de esta energía para usarla durante todo el día. Y algo cambia. Me da un brillo diferente y se impregna en lo que hago. Incluso mis amigas lo han notado: hablan de un magnetismo, de una libertad, de una espontaneidad nueva en mí.

“Si surge el deseo sexual, estupendo. Hazlo circular por tu cuerpo” (p. 114).

Esta energía la podemos usar para crear lo que queramos: en lo material o en lo espiritual.

Es la lujuria la que me resucita de estar muerta en vida. Me trae una y otra vez de la pereza, tristeza, apatía, cansancio, rabia… y me trae de regreso a la gratitud y a la belleza. Es la diferencia entre la monotonía y el éxtasis.

Y lo más poderoso es que es infinita. Sólo debes hacer espacio en ti para dejarla fluir.

La vergüenza, la culpa y otros estados de baja vibración son barreras para dejarla entrar.

La avaricia y el deseo de poseer aquello que la despierta la estancan y la pervierten.

“Aprende a potenciar y a sostener tu deseo de modo que la totalidad de tu cuerpo y respiración se abran y ahonden por su fuerza.” (p. 100).

Amor y devoción

Hasta que no conozcamos el origen del deseo que nos mueve, es difícil dejar de correr tras él.

En realidad, cuando anhelas el amor de una pareja, lo que en el fondo buscas es un flujo de amor directo con lo divino.

El éxtasis sexual es similar al éxtasis espiritual. Por eso, el primero puede ser una puerta hacia el segundo, que es más profundo.

Aceptar y potenciar tu energía femenina es también aceptar y potenciar tu energía sexual y espiritual.

En la relación de pareja buscamos rendirnos, entregarnos por completo al otro, y ser sostenidos y amados sin condiciones.

Pero, al atravesar esa ilusión, aparece una verdad más honda: Lo que en realidad anhelamos es la plenitud del amor ilimitado.

Rendirnos ante la divinidad. Ante esa fuerza superior que lo ordena todo y que recibe nuestra vida completa.

Entonces, podemos dejar de poner esta gigantesca carga en la pareja y comenzar a buscar esa fuente de dicha en el lugar adecuado: la divinidad que habita en nuestro interior.

Y desde allí, compartirnos con el mundo.

Propósito.

En el libro aprendí que la esencia de la energía masculina es el sentido de misión.

Conocer mi auténtico propósito no ha sido una tarea que se resuelva, algo que pueda tachar para pasar a lo siguiente. Más bien, ha sido un camino de descubrir —y crear— quién soy.

En mi caso, se trata más de sostener preguntas que de encontrar respuestas:

¿Estoy en mi camino?

¿Esta es mi manera de dar lo mejor de mí?

Si no tuviera ninguna limitación, ¿a qué le dedicaría mis horas?

“Si conoces tu propósito, tu deseo más profundo, el secreto del éxito consiste en disciplinar tu vida para poder estar al servicio de ese objetivo profundo…” (p. 52).

Hay en mí un impulso natural de hacer, crear, decir, ir hacia algo o quedarme.

Pero no todos esos impulsos nacen del mismo lugar. Algunos vienen de mi ser.

Otros, de mis adicciones, de mi herencia biológica o de mi condicionamiento infantil.

Durante mucho tiempo intenté encontrar claridad solo desde la mente. Y eso me llevaba a dar vueltas. Fue cuando incluí el cuerpo en la ecuación que realmente comencé a comprender quién soy.

Cuanto más traiciono los propósitos de mi corazón, más tensión acumulo durante el día. Me encanta esta frase del autor: “Tu tensión solo es un regalo que ha quedado rezagado, inexpresado, dentro de tu cuerpo.”

Nuestros dones (regalos) deben fluir a través de nosotros, no estancarse. Como el agua, eso que no dejamos salir, se estanca y se pudre.

Son palabras, risas, llanto, besos, abrazos, dormir, correr, parar… Esa energía se presentó y para contenerla debí tensionar el cuerpo. Cada tensión bloquea el flujo energético. Y estas pequeñas tensiones se acumulan día a día.

No dejarnos ser nosotros mismos nos enferma.

Pero a veces me permito ser espontánea y luego llega la culpa, la vergüenza o la ansiedad. Pues no estoy acostumbrada a ello y surgen los juicios que, en algún momento, me condicionaron.

Aprendí esta frase en mi último retiro: Elijo ser libre y me quedo conmigo, incluso cuando duela.

Me quedo con mis rituales: la meditación, la pausa, la lentitud, la escritura, la respiración, el canto, los círculos, ser vista, las conversaciones, el baile, los encuentros… Aunque aparezcan los juicios de ser vaga, no valiosa, ridícula, ingenua. Aunque me parezca que pierdo el tiempo.

Entregar mis dones duele. Pero resistirme a ser quien soy… duele más.

“Los desafíos más profundos implican ofrecer tu don directamente de maneras que pueden haber quedado bloqueadas por tus miedos” (p. 218).

Y si miro las vidas de mis ancestras como oráculo, lo veo claro: el precio de no ser una misma es la enfermedad —física, mental y espiritual—.

Entonces la pregunta es inevitable: ¿qué dolor elijo? ¿El transitorio de romper mis corazas para ser quien soy… o el de nunca llegar a serlo?

Ese es el verdadero reto espiritual: abrazar tu verdad el tiempo suficiente hasta que el programa en tu mente y en tu cuerpo cambie.

Muchas veces pareciera que no avanzamos, que seguimos en el mismo lugar. Pero esa es otra ilusión del ego. La vida no avanza en línea recta, sino que evolucionamos y nos elevamos en espiral.

Enfrentamos la misma situación o dolor varias veces, pero cada vez vamos más profundo, más cerca de nuestra esencia.

Es cierto: seguir los deseos del corazón nos llena de miedo. Caminar hacia el verdadero propósito no es tarea fácil en un inicio, pero has de morir al miedo, dejar de llamarlo miedo y saber que es una puerta a ti.

Esta es otra de mis frases favoritas en el libro: “Vive con tus labios presionados contra tus miedos, bésalos sin retirarte ni violentarlos agresivamente.”

El vacío.

Saber tu propósito no es una simpleza, no es algo que resuelvas en una semana. Que hoy sea claro para ti no significa que lo será toda la vida.

Por eso, junto a la esencia masculina del propósito, está también la esencia femenina del vacío. Para crecer en una, es necesario crecer en la otra.

Porque debes ser capaz de sostener la incertidumbre: no saber qué vas a hacer con tu vida, sentir que no está pasando nada, y aun así no salir corriendo a malgastar tu energía en acciones dispersas que no conducen a ningún lugar.

Hacer por hacer.

Sin coherencia.

Solo por miedo.

Por no sentir que pierdes valor o identidad en la quietud.

Corres el riesgo de quedarte en este bucle de acción sin propósito, sin siquiera darte cuenta de que estás malgastando tu energía vital en algo que, en el fondo, no es importante para ti.

Sostener el vacío hasta que emerja una visión o un nuevo propósito. Caminar siguiendo la brújula de tu deseo: eso que se siente bien, que enciende, que apasiona. Aunque no sepas hacia dónde apunta esa flecha. Aunque no sepas si hay un destino.

A veces, solo hay un llamado.

Y aprender a habitar ese llamado…
es también parte del propósito.

Saber si es miedo o verdad.

Vives plenamente una misión… hasta que se vuelve vacía, aburrida, inútil. Ahí aparece el baile: entre la energía masculina —disciplina, enfoque, persistencia— y la energía femenina —soltar, dejar ir, morir a una versión de ti que ya no tiene sentido—.

Es estar tan presente y conocerse, para saber la diferencia entre: estar acobardándose, o que esa misión ya llego a su fin en ti.

No quedarme amarrada a los resultados —sean buenos o malos—, para reconocer cuándo ese propósito ya me dio todo lo que tenía para dar. Que se cumplió en sí mismo y fue lo que estaba llamado a ser. No importa cómo se vea desde afuera. Importa cómo se siente adentro.

Y saber, que ahora necesito algo más.

O, por el contrario, conocerme tan bien para reconocer que es el miedo lo que me detiene y me hace dudar… y que, a pesar de todo, ese propósito sigue encendiendo mi alma.

Morir a una parte de ti.

“Es posible que esto (dar fin a un proyecto) requiera tiempo, pero es importante que esta capa de tu propósito acabe limpiamente y no generes ningún nuevo Karma u obligación que te cargue o cargue a otros en el futuro.” (p. 57).

Piensa en ello como una relación de pareja, un trabajo, un emprendimiento, una sociedad o una amistad.

Cuando tienes la certeza de que ya no está alineado contigo, de que ha dejado de ser tu propósito, no se trata de abandonarlo todo de repente. Hacerlo así solo generará más dolor.

Ser fiel a ti también implica saber cerrar. Ir soltando con coherencia. Sin abrir nuevas heridas, ni en ti ni en los demás.

Darte el tiempo necesario. Asumir las responsabilidades que has adquirido.

Para que lo que viene

no nazca desde la herida,

sino desde la libertad.

Sin excusas.

Hay muchos hilos que nos tejen en la vida: responsabilidades con nuestros hijos, con nuestros padres; propósitos a los que hemos entregado años y que hoy reclaman nuestro trabajo, pero también nos bendicen con los recursos para sostener a nuestra familia; una relación de pareja que nos llena de satisfacción. Nada de esto puede ser usado como excusa para ser menos de lo que podemos ser.

Nuestra vida está compuesta por múltiples áreas. Tenemos distintos propósitos que nos llenan y encienden. A veces elegimos unos sobre otros, y algunos sueños parecen quedar en pausa. Pero la vida es abundante.

Me encantó una propuesta del autor: Se trata de dedicarte, al menos una hora al día, a hacer eso a lo que anhelas dedicarte cuando hayas terminado tus obligaciones. Darte ese regalo ahora: sentirte libre de hacer ese sueño realidad.

“… tal vez descubras que no puedes, o no quieres hacerlo; tal vez descubras que, de hecho, tu fantasía de futuro no es más que eso, una fantasía.” (p. 30)

Durante mucho tiempo tuve la fantasía de jubilarme y dedicarme por completo a escribir. Pero al darme el permiso de hacerlo —aunque no siempre con la constancia de una hora diaria— comprendí algo: una vida dedicada por entero a escribir no me llenaría por completo. Entendí que la escritora no nacería de repente. Así que estoy en proceso de gestarla Y, poco a poco, día con día, me siento más plena encarnándola.

Porque a los sueños hay que vestirlos de cotidianidad para bajarlos de lo etéreo y encarnarlos en esta realidad.

Devolverle pulso a la vida

Me gustó mucho la forma en que el autor propone regular nuestras energías —masculina y femenina— cuando se encuentran desbalanceadas.

Puede manifestarse como un hacer descontrolado, o como la imposibilidad de actuar. La imposibilidad de rendirnos a la vida y confiar, o la dificultad de recibir y disfrutar. Como la falta de propósito o sentido. Y todas esas otras sintomatologías de estar desregulados.

No importa si eres hombre o mujer, si se trata de tu energía masculina puedes:

Encontrarte con personas que encarnen una energía masculina sólida y conversar sobre lo esencial: tu propósito, tus dones, tus metas.

Inscribirte en competencias o retos físicos, como carreras.

Subir montañas, hacer cumbres.

Desafiarte en deportes de fuerza o resistencia.

Retirarte en soledad y practicar el silencio: una búsqueda de visión.

Realizar ayunos o alejarte temporalmente de comodidades y apegos.

Practicar técnicas de respiración.

No importa si eres hombre o mujer, si se trata de energía femenina puedes:

Encontrarte con personas que encarnen la energía femenina y permitirte la vulnerabilidad.

Bailar, cantar —mejor aún si es en comunidad—.

Entrar al cuerpo y conectar con tus sensaciones (masajes, presencia corporal).

Contemplar la naturaleza.

Orar, realizar rituales o rezos.

Practicar técnicas de respiración.

Donde todo empieza a tener sentido

Inicié el camino de la energía vital enfocándome en la energía femenina.

Como mujer, me sentía alejada de ella. Había en mí un rechazo antiguo hacia ser mujer, una sensación de desventaja frente a los hombres. Ya he hablado de ello en otros escritos (Las cinco fases de la luna roja). Rechazo a mi menstruación, a no poder orinar de pie, el miedo profundo a quedar embarazada, o a ser llamada puta. Rechazo al peso de sostener a otros simplemente por ser mujer.

Pero, asombrosamente, fue en este libro donde me comprendí con mayor profundidad. Porque empecé a verme completa. Y, al hacerlo, también pude reconocer el desbalance en mi energía masculina.

Así, mi curiosidad me llevó naturalmente hacia ese camino. Ahora deseo explorar también las heridas del masculino, sus definiciones y creencias, sus arquetipos y dioses en sus luces y sombras.

Estoy aprendiendo a abrirme a la energía, limpiándome de creencias obsoletas. A potenciarla y hacerla circular en mi cuerpo como la fuerza vivificante que es.

A usarla para mis propósitos, para mi creatividad, para mis proyectos. A sostenerla sin estrangularla.

Me estoy convirtiendo en un canal disponible para la vida.

Hoy sé que este proceso no es solo mental. No se trata únicamente de aprender conceptos. Hay que integrarlo al cuerpo. Sólo así puedo reconocerme como energía y aprender a moverme como tal.

Mi camino ha sido leer, escribir, meditar, respirar y moverme.

Sigo en proceso de integrar todo esto en mí: en lo que escribo, en las prácticas de yoga que guío, en los círculos de mujeres, en los retiros.

Es parte de mi motivación poder acompañar a otros hacia las vibraciones que he alcanzado. Como lo dice Melchizedek: activar la Merkaba para transportarnos a otras dimensiones. Realidades que no están lejos, sino disponibles en esta misma vida.

La respiración es el camino. Activar la Kundalini en la base de nuestro cuerpo e ir atravesando nuestros propios círculos concéntricos para elevarnos.

Llevar esta energía animal, esta necesidad sexual hacia el placer y el disfrute.

Continuar subiéndola y usarla para materializar nuestros deseos mundanos: poder, recursos, familia.

Y no detenernos allí.

Llevarla al corazón, para amar, rendirnos y entregarnos. Luego, a la palabra, para compartir ese amor. Y finalmente, a lo espiritual: al deseo de desaparecer, de fundirnos con el todo, soltando incluso nuestros anhelos.

Hoy me encuentro en un momento hermoso. Todo comienza a aclararse. Milagrosamente, empieza a tener sentido el porqué de cada deseo, de cada impulso que he seguido.

Lo que antes parecía caótico y sin forma… ahora, aunque sigue siendo un misterio, empieza a sentirse como un camino.      

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CUANDO DIOS ERA MUJER-MERLIN STONE