EL CAMINO DEL HOMBRE SUPERIOR-DAVID DEIDA
Un libro para hombres
Llegué
a este libro por mi esposo.
Él
estaba muy emocionado con su lectura y, a medida que avanzaba en sus páginas,
me compartía lo que iba descubriendo, había algo en su forma de hablar de este
libro que despertó mi interés.
Y
yo, en silencio, comencé a esperar. Estaba
ansiosa a que lo terminara para poder iniciar yo.
Dice
el autor:
“Este
libro está escrito específicamente para personas que tienen una esencia sexual
más masculina, y para sus amantes…”
Y aun
así, tanto por su lenguaje como por el mensaje, yo sentía que estaba espiando. Claramente
lo había escrito para hombres y les habla de sus sombras más oscuras: la
lujuria, la fata de propósito, el miedo al miedo...
Había
partes en las que me reconocía.
Otras que me resultaban completamente ajenas.
Y algunas con las que estaba en total desacuerdo.
Admito
que cuanto más extraño me parecía, más curiosidad despertaba en mí. Una especie
de morbo por descubrir los secretos ocultos de mi sexo opuesto.
He
estado fortaleciendo en mí la habilidad de no rechazar de inmediato lo que no
me hace sentido.
Antes,
bastaba con una sola idea en desacuerdo para cerrar un libro, una conversación,
una enseñanza completa. Hoy no.
Hoy
puedo quedarme.
Puedo
tomar lo que es verdad para mí…
y dejar lo que no.
Pero
he terminado por darme cuenta de que, justamente ahí, en aquello que más me
confronta, suelen estar las mayores posibilidades de expandirme y crecer.
Ahora
sé que puedo tomar lo que quiero y desechar lo que no.
Algunas
generalizaciones que el autor hace sobre las mujeres me producían rechazo.
Pero, al mismo tiempo, cuando lograba acallar mi ego, podía ver lo que
realmente había para mí allí.
Estaba
encontrándome con la mirada de él —y seguramente de muchos hombres— hacia lo
femenino. Hacia mí.
Y
para mi sorpresa, en lugar de cerrarme, eso comenzó a darme claridad.
Sobre
cómo soy vista.
Sobre cómo me relaciono.
Sobre lo que despierto.
Gran
parte del libro gira en torno a la relación del hombre con su pareja.
Y hay una idea que se repite, de distintas formas:
La
manera en que un hombre ama a su mujer es la manera en que ama la vida.
Es la manera en que se encuentra con el mundo.
Es la manera en que se abre —o se resiste— a lo espiritual.
Y
al leerlo, no pude evitar darme cuenta…
Es
también cierto al revés.
Masculino y femenino.
Hay
una idea que ha comenzado a repetirse en muchos espacios:
la de estar polarizados en lo femenino o en lo masculino.
En
este libro profundicé en ello.
La primera vez que escuché este término fue en el
contexto de las relaciones de pareja.
La
persona que lo explicaba aseguraba que la base de los conflictos no era la
falta de amor, sino el que alguno de los dos —o ambos— no se encontraran en su
esencia.
Según
esta mirada, la relación fluye cuando:
El
hombre aporta a la relación dirección, fuerza, propósito, decisión, sostén,
recursos, resultados, estructura y determinación. Un hombre proveedor que
sostiene a su pareja.
Por
su parte, la mujer entrega: Sensibilidad, belleza, contención emocional,
sensualidad, misterio, rendición, devoción, intuición y caos. Una mujer
entregada a la profundidad del vínculo, que cuida y acompaña.
Así
que, si deseas atraer a la pareja “indicada”, debes asegurarte de estar
encarnando la energía correcta.
Y
entonces aparece una promesa silenciosa:
Si
encarnas tu energía, el otro responderá.
Si te polarizas, el vínculo se ordena.
Así,
si deseas atraer una energía masculina, te invitan a habitar profundamente lo
femenino.
Y al contrario. A mayor polaridad, mayor atracción. A hombres muy masculinos
les atraen mujeres muy femeninas.
O,
si ya tienes una pareja estable y deseas despertar los dones que quieres
recibir de ella —sin tener que cambiar de persona—, entonces asegúrate de
entregar a la relación la energía que te corresponde.
Así,
por correspondencias de las leyes de lo femenino y masculino, tu compañero entregará
la otra parte. De lo contrario ella tendrá que ser masculina para él y/o él
femenino para ella.
Estás,
de alguna manera, atrayendo a tu pareja ideal en el cuerpo de tu pareja actual.
Esto
me parece bellísimo.
Pero
no reducido únicamente a la energía sexual, puedes traer la dulzura, la
honestidad, la salud al cuerpo de tu pareja actual si sabes encarnar esa verdad
en ti.
Es
cuestión de saber mirar a quien ya está. De comprender que, en una relación, no
solo recibimos: también evocamos.
Que
lo que el otro es… también responde a lo que yo estoy siendo.
MAV
En
mi opinión, este dogma es el que está detrás de los términos Mujer/Hombre
tradicional (Traditional Woman/Men) y Mujer/Hombre de Alto Valor (High Value
Woman/Men), que están tan de moda en redes sociales y son difundidos por
ciertos mentores de desarrollo personal.
Lo
escuché de cerca el año pasado, en una conferencia en Medellín en el marco de
la feria Effix.
Allí,
la speaker nos invitaba a convertirnos en una MAV (Mujer de Alto Valor).
Sin
pensarlo demasiado sabía que no resonaba con esto, al igual que cuando avanzaba
en la lectura de este libro y encontré, aquí también, la idea de permanecer
polarizada en mi energía femenina. No me hace eco esta forma de comprenderlo.
Ser
una MAV implicaba habitar constantemente una versión limitada de lo femenino y
mantenerte allí, pues de lo contrario pierdes poder. Cuidar la apariencia,
verse “femenina”, actuar “femenina”.
Ser
dulce.
Disponible.
Nutridora.
Atender
al otro.
Sostener el vínculo.
Mantener encendida la energía.
Incluso,
la speaker se atrevió a sugerir que debíamos mantener relaciones
sexuales al menos tres veces por semana para sostener una “alta energía”.
Y,
bajo esta lógica, algo más se prometía:
Si
te mantienes polarizada en esa energía, te vuelves magnética —una cualidad de
esta energía—. Atraes sin esfuerzo excelentes oportunidades: laborales,
financieras, de emprendimiento y, por supuesto, un hombre de alto valor. Uno que
encarne lo masculino en su máxima expresión: dirección, decisión, estructura y,
muy importante, provisión para el hogar.
No es verdad para mí.
Estas
recetas sobre cómo encarnar las energías no me hacen sentido. Como si
intentaran nombrar algo vivo… desde un lugar rígido.
Tengo
claro que, más allá de lo que se ve afuera, todo parte del interior.
Me
parece un pensamiento limitado creer que la energía —sea masculina o femenina—
deba verse de una forma determinada, llevar ciertos colores o cumplir con una forma
de vestir, una manera de hablar...
Es
una visión simplista identificar las energías con los condicionamientos
culturales sobre los roles de mujeres y hombres. Eso, más que energía, es
historia.
En
mi caso, encontré mucha más claridad para comprenderlas al mirarlas desde otros
lugares: el sistema nervioso simpático y parasimpático, los hemisferios
izquierdo y derecho del cerebro, el yin y el yang.
También
fue fundamental, para entenderme como mujer, liberarme de todo aquello que me habían
dicho que debía ser o parecer: ocuparme de mi esposo e hijos, ser amable,
compasiva, no incomodar, acompañar, cuidar…
Llegué
a creer que en el ideal de mujer no había espacio para la libertad, para
ponerme en primer lugar, para incomodar, para ser volcánica en mis emociones o
directa en mi forma de decir.
Y,
sin embargo… no tiene que verse como nada.
Todo
está disponible.
Mi
papel —tu papel— es decidir, y sentir, quién eres
y qué es importante para ti.
Demasiado de algo… en realidad, es muy poco de todo.
Suelo
escuchar a algunas mujeres decir: “tengo demasiada energía masculina”.
Lo
dicen cuando no logran conectar con el placer, el recibir, la relajación o la
alegría.
Pero, en mi mirada, ahí hay una confusión.
Porque
no es exceso.
Es desconexión.
No
es que sobre lo masculino, es que falta coherencia en la energía.
Lo
que suele ocurrir es que estamos profundamente inmersos en la
hiperproductividad y el consumismo. Quizá sería más preciso decir que estamos
patriarcalizadas.
Vivimos
en un mundo que nos empuja a:
A
hacer sin pausa.
A producir.
A responder.
A llenar.
Un
ritmo que no deja espacio para ampliar el zoom y preguntarnos si todo eso tiene
sentido.
Pero
una energía masculina verdadera no es agotamiento.
Es dirección.
No
es urgencia.
Es claridad.
No
es hacer por hacer.
Es saber hacia dónde y cuándo parar.
Cuando
hay presencia en esa energía, sabes lo sagrada que es, entonces cada acción estaría
alineada con tu propósito. Cada movimiento en coherencia con tu bienestar y tus
valores.
También
he comprendido algo más profundo: cuando trabajas una, trabajas las dos.
Las
dividimos para entenderlas, pero en la experiencia son una sola corriente.
Si una se debilita, la otra también. Si una se fortalece, ambas despiertan.
Porque
lo que llamamos femenino y masculino… no son opuestos. Son expresiones de la
misma vida moviéndose en ti. Son tu energía vital.
No quiero una mitad
No
quiero que mi dirección, mi fuerza o mi capacidad de decidir dependan de él. Pero
tampoco quiero un hombre que solo sea estructura y provisión.
También deseo de él su ternura, su capacidad de amar, su entrega, su
vulnerabilidad.
Tampoco
deseo cargar con el peso de ser siempre su sostén emocional, de llevarlo a la
alegría, al placer o de cuidarlo constantemente.
Es demasiado peso, tanto para él como para mí.
¿Acaso no quiero serlo todo en mí?
Mi gran pregunta es:
¿la
única forma de estar en armonía —con la pareja o con el mundo— es polarizarse
en una sola energía?
Tal
vez esto dependa de cada persona y de su propia definición de armonía.
Para
mí, armonía es sostener un baile fluido entre mis energías internas.
Eso sí: desarrollarlas ambas.
Para
mí, armonía no es equilibrio estático.
Mi meta no es quedarme en un punto neutral.
Se trata de poder moverme.
Es
poder acceder a mi claridad, a mi dirección, a mi determinación…
y también a mi suavidad, a mi entrega, a mi placer.
Confiar
en mí lo suficiente para decidir. Decisiones que sean mías sin importar si son
correctas o no, pero asumiendo sus consecuencias.
Y
confiar en la vida lo suficiente para soltar.
Es
ir hacia lo que deseo con fuerza, saber cuándo y cómo poner límites… y también
saber rendirme cuando el momento lo pide.
Es
tener planes, estructura, disciplina y también bailar en el caos y el misterio.
¡Por
la Diosa! ¿Quién no querría eso?
¿Acaso no todos buscamos esto, sea hombres o mujeres?
No quiero una relación donde cada uno cumpla un rol fijo.
Quiero una relación donde ambos podamos expandirnos.
Donde
yo pueda estar totalmente apasionada y entregada a mí propósito, y sentir su
apoyo.
Y donde
también pueda soltarlo todo y rendirme al amor, al placer y al misterio; y
saber que me lo puedo permitir porque él me está sosteniendo.
No somos, estamos siendo.
El
autor afirma que el precio que paga una pareja al estar polarizada en la misma
energía es la extinción de la pasión sexual.
Y, en parte, lo comprendo.
Hay
algo en la diferencia que enciende.
En la tensión entre polos que crea movimiento.
Lo
que no comparto es la idea de que el hombre deba permanecer siempre en la
energía masculina y la mujer en la femenina. Porque no somos una sola cosa. Estamos
siendo.
En
mi sentir, la verdadera intimidad es encontrarnos en el movimiento, lograr
sincronizarnos y sostener la polaridad entre ambos.
Es
tener la honestidad de ver dónde estoy y la sensibilidad de percibir dónde está
el otro. No desear imponernos al mismo tiempo, ni tampoco soltar el control
simultáneamente. Saber cuándo avanzar… y cuándo rendirme. Saber cuándo
sostener… y cuándo dejarme sostener.
Eso
es lo que deseo en una relación: No un acuerdo rígido, sino una danza. Bailar
la vida con la libertad de experimentarlo todo.
Si
ambas energías están disponibles, ¿qué sentido tiene limitarnos o
restringirnos?
Eso sería coartar nuestra libertad.
Creo
que la pasión de la que habla el autor no depende solo del otro. No es un juego
de encajar con el otro. Es un encuentro conmigo.
No se trata únicamente de hacer match con la energía del otro, sino del
matrimonio interior de mis propias energías.
Y desde
ahí… la vida entera se vuelve apasionada.
¿Puedo
amarle lo suficiente para no domarlo?
El autor habla de la repulsión que puede surgir cuando
vemos a nuestra pareja encarnar la energía que sentimos como propia.
Esto implicaría que me incomodaría verlo expresar su
energía femenina, y que a él le incomodaría presenciar mi energía masculina.
¿Por
qué habría de incomodarme la libertad del otro? ¿Por qué me dolería verlo
expandirse,
habitarse, ser?
Si
su alegría me incomoda, si su libertad me amenaza, ¿desde dónde estoy amando?
En
esos casos, quizás sea necesario reconocer que eso no es amor. Parece control. Parece
miedo. Parece ego. Tal vez, sería más honesto estar sola y no pedirle que sea
menos para que yo me sienta más cómoda.
Porque
la pareja —usando las palabras del autor— es: “la mutua independencia, la mutua
entrega o el mutuo servicio amoroso” (p. 209).
Sexualidad
En
mi experiencia —y a partir de lecturas anteriores (te invito a leer mi escrito
inspirado en Slow Sex)— he comenzado a mirar el orgasmo de otra forma.
No
como un resultado. Sino como una capacidad. La capacidad de sentir placer.
No
es solo si puedo tener placer, sino si lo busco activamente en mi día a día, en
lo cotidiano, en lo simple, en lo que casi pasa desapercibido. En cada momento y
lugar existe la posibilidad de sentir placer. De reconocer esa posibilidad y potenciarla
para exprimir el mayor disfrute posible.
¿Por
qué no vivir desde el placer?
Al
llegar al tantra, lo primero que se aclaró fue que había estado siendo una
mujer que deja su placer al azar, sin darle importancia, sin pensar en él, o reservándolo
solo para ciertos momentos. Incluso cuando el placer llegaba, en algunas ocasiones,
sentía culpa por darme ese permiso. Lo primero es quemar todas esas creencias
que me alejan del orgasmo.
Entonces
dejar entrar la verdad: el orgasmo tiene que ver con mi capacidad de conectarme
con los estímulos, reconocer cuáles son placenteros y potenciar aquellos que sí
lo son.
Se trata de estar presente, de sostener la atención en las sensaciones sin
juzgarlas.
Es
poder pedir y dirigirme hacia lo que se siente bien en mí.
Es
abrir el cuerpo, para que sea un canal sin obstrucciones, donde la energía
circule. Sin tensión. Sin culpa. Sin resistencia.
La
pasión sexual no depende de la polaridad del otro. Depende de mí. De cuánto
estoy disponible para sentir.
Aún
sin pareja, en soledad, no dejamos de ser seres sexuales.
El
otro no crea el placer. Lo despierta, lo amplifica…Solo podemos sentir placer
en nuestro cuerpo, no en el del otro.
Cuando
entramos en el juego de dos, sí me hace sentido que exista cierta polarización
en la seducción. Aunque también reconozco que esto puede estar influido por
condicionamientos culturales y juegos de roles.
No
por eso lo descarto. Puede ser divertido, fortalece el vínculo y potencia la
pasión sexual.
“Si
deseas jugar en el campo de la pasión sexual, tienes que potenciar las
diferencias entre lo masculino y lo femenino.” (p. 19)
Lujuria.
Había metido la lujuria en el cajón de la maldad.
Y así, cada vez que este deseo intenso provocaba
excitación en mi cuerpo, activaba de inmediato una respuesta reflejo: culpa y
vergüenza.
De esta forma, dejé ese impulso muy bien guardado bajo
llave, intentando evitar la “desgracia”.
La palabra proviene del latín luxuria, que originalmente
significaba “abundancia”, “exuberancia” o “vida extravagante” (Wikipedia).
En la antigua Roma no tenía una connotación negativa.
Se usaba incluso para referirse al crecimiento desmedido
de las plantas. Era entendido como un exceso.
Fue el cristianismo, a partir del siglo III, el que
adaptó el término para referirse al “pecado” del deseo sexual desenfrenado,
viéndolo como un exceso del apetito carnal y no como un exceso de energía
sexual.
Así
comenzó en nosotros el rechazo hacia esta energía, siendo, paradójicamente, una
de las fuentes de poder más grandes que tenemos a nuestra disposición.
“Nuestra aceptación de la
atracción sexual… es la base de nuestra capacidad de experimentar placer
corporal” (p. 99). Negrillas fuera del texto.
Esta lectura amplió mi comprensión sobre la fuerte
atracción de lo masculino hacia lo femenino, en particular sobre cómo muchos
hombres se sienten intensamente movilizados por mujeres que encarnan cualidades
como lo bello, lo voluptuoso, lo abundante, lo delicado, lo sensual, lo
nutricio y lo fértil.
Una atracción que se despierta sin que ellos decidan
sentirla.
Mi reacción ante esto fue de asombro.
Porque también reconozco en mí ese impulso hacia lo
masculino, pero con una diferencia: en mí aparece en momentos específicos de mi
ciclo hormonal.
Pensé: “Es como si él (mi esposo) permaneciera ovulando todo el tiempo.
¡Cuanto desgaste energético!”
Hablé con mi pareja acerca de esto, y llegamos a una
nueva profundidad de comprensión entre los dos.
Advierte el autor: “A menudo desearás a más de una mujer”.
Y yo lo puedo ampliar a mis compañeras de género: “A menudo desearás a más de un hombre”.
Este deseo intenso no es el problema.
Lo que sí lo es, es avergonzarnos de ello y desperdiciar
todo el potencial que hay en esta energía.
También lo es creer que debemos reaccionar
automáticamente, corriendo tras la persona que lo despierta, disipando así su
fuerza.
O
malinterpretarlo, asumiendo que esta energía nace en el otro, y no en nosotros…
hasta sentirnos víctimas de nuestro propio cuerpo.
La fuerza que asciende
El
llamado es a recuperar tu poder y reconocer que el origen de esta energía es
divino, que está disponible para ti y que tienes derecho ilimitado a ella, por
la única razón de que estás vivo.
“Tu confesión del deseo es una
confesión de tu deseo de abrazar la vida… Finalmente reconocerás que todo deseo
es un aspecto de tu impulso original de dar amor” (p. 99).
Algo
profundo y esencial cambió en mí.
Ahora,
en lugar de avergonzarme por este impulso, busco sentirlo… sin necesidad de sexualizarlo.
Comprendo
que no se despierta únicamente por un hombre o una mujer, ni pertenece a una
sola energía.
Siento
atracción por lo femenino y lo masculino en múltiples formas: en las personas,
en la naturaleza, en los objetos, en las actividades.
He comenzado
a recibir ese “shot” de energía como un regalo.
No
quiero deshacerme de esta lujuria. No quiero ir por la vida pidiéndole a otro:
“quítamela, quítamela”.
Al
contrario, elijo honrarla. Sumergirme en ella, pues es la vida misma. Ahora
quiero respirarla y ponerla a circular en el cuerpo.
No
espero encontrar el deseo o el placer por accidente. Voy tras ese exceso de energía
vital activamente.
Los
busco incluso en lo inesperado. Llego a un lugar y presto atención, permitiendo
que lo que está afuera entre por mis sentidos y me llene de energía. Y me
alejo, con la misma intención, de aquello que me desconecta de sentir.
Cuando
encuentro ese plus de energía vital, he aprendido a llevar mi atención al
cuerpo, a potenciar el placer, respirando cada sensación como si pudiera beber
de ella y saciar mi sed. Sintiendo gratitud por ser vida.
Llenándome
de esta energía para usarla durante todo el día. Y algo cambia. Me da un brillo
diferente y se impregna en lo que hago. Incluso mis amigas lo han notado:
hablan de un magnetismo, de una libertad, de una espontaneidad nueva en mí.
“Si surge el deseo sexual,
estupendo. Hazlo circular por tu cuerpo” (p. 114).
Esta
energía la podemos usar para crear lo que queramos: en lo material o en lo
espiritual.
Es
la lujuria la que me resucita de estar muerta en vida. Me trae una y otra vez
de la pereza, tristeza, apatía, cansancio, rabia… y me trae de regreso a la
gratitud y a la belleza. Es la diferencia entre la monotonía y el éxtasis.
Y
lo más poderoso es que es infinita. Sólo debes hacer espacio en ti para dejarla
fluir.
La
vergüenza, la culpa y otros estados de baja vibración son barreras para dejarla
entrar.
La
avaricia y el deseo de poseer aquello que la despierta la estancan y la pervierten.
“Aprende
a potenciar y a sostener tu deseo de modo que la totalidad de tu cuerpo y
respiración se abran y ahonden por su fuerza.” (p. 100).
Amor y devoción
Hasta
que no conozcamos el origen del deseo que nos mueve, es difícil dejar de correr
tras él.
En
realidad, cuando anhelas el amor de una pareja, lo que en el fondo buscas es un
flujo de amor directo con lo divino.
El
éxtasis sexual es similar al éxtasis espiritual. Por eso, el primero puede ser
una puerta hacia el segundo, que es más profundo.
Aceptar
y potenciar tu energía femenina es también aceptar y potenciar tu energía
sexual y espiritual.
En
la relación de pareja buscamos rendirnos, entregarnos por completo al otro, y
ser sostenidos y amados sin condiciones.
Pero,
al atravesar esa ilusión, aparece una verdad más honda: Lo que en realidad
anhelamos es la plenitud del amor ilimitado.
Rendirnos
ante la divinidad. Ante esa fuerza superior que lo ordena todo y que recibe
nuestra vida completa.
Entonces,
podemos dejar de poner esta gigantesca carga en la pareja y comenzar a buscar
esa fuente de dicha en el lugar adecuado: la divinidad que habita en nuestro
interior.
Y
desde allí, compartirnos con el mundo.
Propósito.
En el libro aprendí que la esencia de la energía
masculina es el sentido de misión.
Conocer
mi auténtico propósito no ha sido una tarea que se resuelva, algo que pueda
tachar para pasar a lo siguiente. Más bien, ha sido un camino de descubrir —y
crear— quién soy.
En
mi caso, se trata más de sostener preguntas que de encontrar respuestas:
¿Estoy
en mi camino?
¿Esta
es mi manera de dar lo mejor de mí?
Si
no tuviera ninguna limitación, ¿a qué le dedicaría mis horas?
“Si conoces tu propósito, tu deseo
más profundo, el secreto del éxito consiste en disciplinar tu vida para poder
estar al servicio de ese objetivo profundo…” (p. 52).
Hay
en mí un impulso natural de hacer, crear, decir, ir hacia algo o quedarme.
Pero
no todos esos impulsos nacen del mismo lugar. Algunos vienen de mi ser.
Otros,
de mis adicciones, de mi herencia biológica o de mi condicionamiento infantil.
Durante
mucho tiempo intenté encontrar claridad solo desde la mente. Y eso me llevaba a
dar vueltas. Fue cuando incluí el cuerpo en la ecuación que realmente comencé a
comprender quién soy.
Cuanto
más traiciono los propósitos de mi corazón, más tensión acumulo durante el día.
Me encanta esta frase del autor: “Tu tensión solo es un regalo que ha quedado
rezagado, inexpresado, dentro de tu cuerpo.”
Nuestros
dones (regalos) deben fluir a través de nosotros, no estancarse. Como el agua,
eso que no dejamos salir, se estanca y se pudre.
Son
palabras, risas, llanto, besos, abrazos, dormir, correr, parar… Esa energía se
presentó y para contenerla debí tensionar el cuerpo. Cada tensión bloquea el
flujo energético. Y estas pequeñas tensiones se acumulan día a día.
No
dejarnos ser nosotros mismos nos enferma.
Pero
a veces me permito ser espontánea y luego llega la culpa, la vergüenza o la
ansiedad. Pues no estoy acostumbrada a ello y surgen los juicios que, en algún
momento, me condicionaron.
Aprendí
esta frase en mi último retiro: Elijo ser libre y me quedo conmigo, incluso
cuando duela.
Me
quedo con mis rituales: la meditación, la pausa, la lentitud, la escritura, la
respiración, el canto, los círculos, ser vista, las conversaciones, el baile,
los encuentros… Aunque aparezcan los juicios de ser vaga, no valiosa, ridícula,
ingenua. Aunque me parezca que pierdo el tiempo.
Entregar
mis dones duele. Pero resistirme a ser quien soy… duele más.
“Los desafíos más profundos implican
ofrecer tu don directamente de maneras que pueden haber quedado bloqueadas por
tus miedos” (p. 218).
Y
si miro las vidas de mis ancestras como oráculo, lo veo claro: el precio de no
ser una misma es la enfermedad —física, mental y espiritual—.
Entonces
la pregunta es inevitable: ¿qué dolor elijo? ¿El transitorio de romper mis
corazas para ser quien soy… o el de nunca llegar a serlo?
Ese
es el verdadero reto espiritual: abrazar tu verdad el tiempo suficiente hasta
que el programa en tu mente y en tu cuerpo cambie.
Muchas
veces pareciera que no avanzamos, que seguimos en el mismo lugar. Pero esa es
otra ilusión del ego. La vida no avanza en línea recta, sino que evolucionamos
y nos elevamos en espiral.
Enfrentamos
la misma situación o dolor varias veces, pero cada vez vamos más profundo, más
cerca de nuestra esencia.
Es cierto:
seguir los deseos del corazón nos llena de miedo. Caminar hacia el verdadero
propósito no es tarea fácil en un inicio, pero has de morir al miedo, dejar de
llamarlo miedo y saber que es una puerta a ti.
Esta
es otra de mis frases favoritas en el libro: “Vive con tus labios presionados
contra tus miedos, bésalos sin retirarte ni violentarlos agresivamente.”
El vacío.
Saber
tu propósito no es una simpleza, no es algo que resuelvas en una semana. Que
hoy sea claro para ti no significa que lo será toda la vida.
Por
eso, junto a la esencia masculina del propósito, está también la esencia femenina
del vacío. Para crecer en una, es necesario crecer en la otra.
Porque
debes ser capaz de sostener la incertidumbre: no saber qué vas a hacer con tu
vida, sentir que no está pasando nada, y aun así no salir corriendo a malgastar
tu energía en acciones dispersas que no conducen a ningún lugar.
Hacer
por hacer.
Sin
coherencia.
Solo
por miedo.
Por
no sentir que pierdes valor o identidad en la quietud.
Corres
el riesgo de quedarte en este bucle de acción sin propósito, sin siquiera darte
cuenta de que estás malgastando tu energía vital en algo que, en el fondo, no
es importante para ti.
Sostener
el vacío hasta que emerja una visión o un nuevo propósito. Caminar siguiendo la
brújula de tu deseo: eso que se siente bien, que enciende, que apasiona. Aunque
no sepas hacia dónde apunta esa flecha. Aunque no sepas si hay un destino.
A veces, solo hay un llamado.
Y aprender a habitar ese llamado…
es también parte del propósito.
Saber si es miedo o verdad.
Vives
plenamente una misión… hasta que se vuelve vacía, aburrida, inútil. Ahí aparece
el baile: entre la energía masculina —disciplina, enfoque, persistencia— y la
energía femenina —soltar, dejar ir, morir a una versión de ti que ya no tiene
sentido—.
Es
estar tan presente y conocerse, para saber la diferencia entre: estar
acobardándose, o que esa misión ya llego a su fin en ti.
No
quedarme amarrada a los resultados —sean buenos o malos—, para reconocer cuándo
ese propósito ya me dio todo lo que tenía para dar. Que se cumplió en sí mismo
y fue lo que estaba llamado a ser. No importa cómo se vea desde afuera. Importa
cómo se siente adentro.
Y
saber, que ahora necesito algo más.
O,
por el contrario, conocerme tan bien para reconocer que es el miedo lo que me detiene
y me hace dudar… y que, a pesar de todo, ese propósito sigue encendiendo mi
alma.
Morir a una parte de ti.
“Es posible que esto (dar fin a un
proyecto) requiera tiempo, pero es importante que esta capa de tu propósito
acabe limpiamente y no generes ningún nuevo Karma u obligación que te cargue o
cargue a otros en el futuro.” (p. 57).
Piensa
en ello como una relación de pareja, un trabajo, un emprendimiento, una sociedad
o una amistad.
Cuando
tienes la certeza de que ya no está alineado contigo, de que ha dejado de ser
tu propósito, no se trata de abandonarlo todo de repente. Hacerlo así solo
generará más dolor.
Ser
fiel a ti también implica saber cerrar. Ir soltando con coherencia. Sin abrir
nuevas heridas, ni en ti ni en los demás.
Darte
el tiempo necesario. Asumir las responsabilidades que has adquirido.
Para que lo que viene
no nazca desde la herida,
sino desde la libertad.
Sin excusas.
Hay muchos hilos que nos tejen en la vida: responsabilidades
con nuestros hijos, con nuestros padres; propósitos a los que hemos entregado
años y que hoy reclaman nuestro trabajo, pero también nos bendicen con los
recursos para sostener a nuestra familia; una relación de pareja que nos llena
de satisfacción. Nada de esto puede ser usado como excusa para ser menos de lo
que podemos ser.
Nuestra vida está compuesta por múltiples áreas. Tenemos
distintos propósitos que nos llenan y encienden. A veces elegimos unos sobre
otros, y algunos sueños parecen quedar en pausa. Pero la vida es abundante.
Me encantó una propuesta del autor: Se trata de
dedicarte, al menos una hora al día, a hacer eso a lo que anhelas dedicarte
cuando hayas terminado tus obligaciones. Darte ese regalo ahora: sentirte libre
de hacer ese sueño realidad.
“… tal vez descubras que no puedes,
o no quieres hacerlo; tal vez descubras que, de hecho, tu fantasía de futuro no
es más que eso, una fantasía.” (p. 30)
Durante
mucho tiempo tuve la fantasía de jubilarme y dedicarme por completo a escribir.
Pero al darme el permiso de hacerlo —aunque no siempre con la constancia de una
hora diaria— comprendí algo: una vida dedicada por entero a escribir no me
llenaría por completo. Entendí que la escritora no nacería de repente. Así que
estoy en proceso de gestarla Y, poco a poco, día con día, me
siento más plena encarnándola.
Porque
a los sueños hay que vestirlos de cotidianidad para bajarlos de lo etéreo y
encarnarlos en esta realidad.
Devolverle pulso a la vida
Me
gustó mucho la forma en que el autor propone regular nuestras energías
—masculina y femenina— cuando se encuentran desbalanceadas.
Puede
manifestarse como un hacer descontrolado, o como la imposibilidad de actuar. La
imposibilidad de rendirnos a la vida y confiar, o la dificultad de recibir y
disfrutar. Como la falta de propósito o sentido. Y todas esas otras
sintomatologías de estar desregulados.
No importa si eres hombre o mujer, si se trata de tu energía masculina
puedes:
Encontrarte
con personas que encarnen una energía masculina sólida y conversar sobre lo
esencial: tu propósito, tus dones, tus metas.
Inscribirte
en competencias o retos físicos, como carreras.
Subir
montañas, hacer cumbres.
Desafiarte
en deportes de fuerza o resistencia.
Retirarte
en soledad y practicar el silencio: una búsqueda de visión.
Realizar
ayunos o alejarte temporalmente de comodidades y apegos.
Practicar
técnicas de respiración.
No importa si eres hombre o mujer, si se trata de energía femenina puedes:
Encontrarte
con personas que encarnen la energía femenina y permitirte la vulnerabilidad.
Bailar,
cantar —mejor aún si es en comunidad—.
Entrar
al cuerpo y conectar con tus sensaciones (masajes, presencia corporal).
Contemplar
la naturaleza.
Orar,
realizar rituales o rezos.
Practicar
técnicas de respiración.
Donde todo empieza a tener sentido
Inicié el camino de la energía vital enfocándome en la
energía femenina.
Como mujer, me sentía alejada de ella. Había en mí un
rechazo antiguo hacia ser mujer, una sensación de desventaja frente a los
hombres. Ya he hablado de ello en otros escritos (Las cinco fases de la luna
roja). Rechazo a mi menstruación, a no poder orinar de pie, el miedo profundo a
quedar embarazada, o a ser llamada puta. Rechazo al peso de sostener a otros
simplemente por ser mujer.
Pero, asombrosamente, fue en este libro donde me
comprendí con mayor profundidad. Porque empecé a verme completa. Y, al hacerlo,
también pude reconocer el desbalance en mi energía masculina.
Así, mi curiosidad me llevó naturalmente hacia ese
camino. Ahora deseo explorar también las heridas del masculino, sus
definiciones y creencias, sus arquetipos y dioses en sus luces y sombras.
Estoy aprendiendo a abrirme a la energía, limpiándome de
creencias obsoletas. A potenciarla y hacerla circular en mi cuerpo como la
fuerza vivificante que es.
A usarla para mis propósitos, para mi creatividad, para
mis proyectos. A sostenerla sin estrangularla.
Me estoy convirtiendo en un canal disponible para la
vida.
Hoy sé que este proceso no es solo mental. No se trata únicamente
de aprender conceptos. Hay que integrarlo al cuerpo. Sólo así puedo reconocerme
como energía y aprender a moverme como tal.
Mi camino ha sido leer, escribir, meditar, respirar y
moverme.
Sigo en proceso de integrar todo esto en mí: en lo que
escribo, en las prácticas de yoga que guío, en los círculos de mujeres, en los
retiros.
Es parte de mi motivación poder acompañar a otros hacia
las vibraciones que he alcanzado. Como lo dice Melchizedek: activar la Merkaba
para transportarnos a otras dimensiones. Realidades que no están lejos, sino
disponibles en esta misma vida.
La respiración es el camino. Activar la Kundalini en la base
de nuestro cuerpo e ir atravesando nuestros propios círculos concéntricos para
elevarnos.
Llevar esta energía animal, esta necesidad sexual hacia
el placer y el disfrute.
Continuar subiéndola y usarla para materializar nuestros
deseos mundanos: poder, recursos, familia.
Y no detenernos allí.
Llevarla al corazón, para amar, rendirnos y entregarnos. Luego,
a la palabra, para compartir ese amor. Y finalmente, a lo espiritual: al deseo
de desaparecer, de fundirnos con el todo, soltando incluso nuestros anhelos.
Hoy me encuentro en un momento hermoso. Todo comienza a
aclararse. Milagrosamente, empieza a tener sentido el porqué de cada deseo, de
cada impulso que he seguido.
Lo que antes parecía caótico y sin forma… ahora, aunque
sigue siendo un misterio, empieza a sentirse como un camino.

.jpeg)
.jpeg)
.jpeg)

.jpeg)
.jpeg)
.jpeg)
.jpeg)
.jpeg)
Comentarios
Publicar un comentario