MI VIAJE AL ASHRAM-DONDE ENTENDÍ QUE NADA MERECE MI DOLOR.

 


Nada merece mi dolor

Un viaje entre el deseo, la tribu y el regreso a mí.

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Mientras escribo sobre mi viaje al Ashram Sivananda, en Las Bahamas, mi ciudad se ha llenado de amarillo.

Millones de flores adornan calles y parques…

y siento que, por primera vez en mi vida, realmente las estoy viendo.

Más allá de pasar mi mirada sobre ellas, hoy me detengo. Las contemplo.

Y en esa pausa, me dejo tocar por su mensaje. Las siento. Me señalan el Pawcar Raymi.

Susurran: “También es tu momento de florecer”

De abrir el corazón.

De entregarme.

De mostrar mi belleza.

Así que escribo.

Imágenes en el templo. 


No son mis contradicciones, sino mi multiplicidad.

¿Por qué yoga?

Tal vez la pregunta correcta sea: ¿por qué no yoga?

A nuestros amigos los conocimos en el profesorado de yoga, en el ashram de Colombia.

El yoga fue nuestro punto de encuentro. Y ahora también era parte del destino.

Porque este viaje no era solo Las Bahamas —arena blanca, mar y sol—, aunque también lo era.

El verdadero llamado… era el ashram.

No soy adepta a los dogmas, ni a las reglas rígidas y ni a los mandamientos.

Pero sí me interesa experimentar. Sentirlo todo en mí misma.

Por eso, cuando llego a estos espacios, no me resisto. Me entrego con total abandono a las prácticas, atiendo con presencia las enseñanzas, canto con alegría y pasión. Sigo los ritmos, los horarios, los alimentos… Me dispongo por completo.

Y no ha sido solo el yoga.

Me he entregado al budismo,

al coaching,

a la magia,

a las tradiciones andinas,

al tantra,

a la Wicca,

a la geometría sagrada,

a las plantas…

Y quiero más.

Porque ya no veo contradicción en recorrer muchos caminos. Hoy entiendo algo distinto: mi camino es la curiosidad.

Hubo un tiempo en el que temía perderme. Que me “lavaran el cerebro”. Que terminara en una secta. (Sonrío al escribirlo).

Hoy ya no tengo ese miedo. Confío en mí. En mi capacidad de sentir qué me nutre y qué no.

Fotografiada por su amor.

La fuerza del deseo

Por poco no emprendo este viaje.

Sentía que no era el momento, que no debía ir. Mis hijos y mi madre me necesitaban.

Pero él —mi esposo— se iba. Y yo me quedaría. Él viviría algo transformador… y yo seguiría siendo la misma. Él recibiría regalos y bendiciones únicas, esas que solo un lugar desconocido puede ofrecer, y yo me quedaría atada por a la rutina.

Fueron mis celos los que me empujaron a comprar el vuelo.

Me obligué a borrar las matemáticas internas: cuánto placer merezco, cuánto disfrute me corresponde por todo lo que he entregado.

La envidia fue más fuerte: “yo también quiero eso” y entonces… me fui.

Al reflexionar sobre esto, me cuestioné: ¿existe una envidia “buena”? ¿unos celos “buenos”?

Mi envidia me decía: deseo para mí lo que él tiene. Quiero ese viaje. Quiero vivirlo. Y quiero vivirlo a su lado.

Es la sacudida en el cuerpo cuando deseas algo que otro ya está viviendo.

¿Acaso puedo clasificar una sensación como buena o mala?

Claro que no, es la forma en que mi alma me habla. La Diosa señala el camino. Y no lo hace con palabras confusas, sino con el cuerpo entero.

Pero cuando rotulo mis sensaciones como “malas”, automáticamente el juicio cae sobre mí: “soy una mala persona”.

Entonces evito sentir. Me distraigo. Me desconecto.

Y el resultado es este: elegir la ceguera, desatender al deseo por no saber reconocerlo.

Aprendí a llamarlo envidia… y a sufrirlo. Pierdo la brújula que me muestra quién soy. Ya no sé qué quiero. No sé cómo hacerme feliz.

Mi envidia no es un dedo que apunta hacia el otro.

Apunta hacia mí. Solo señala. Puedo quedarme mirando el dedo… y no ver hacia dónde me invita.

Escucha esta parábola:

Un hombre ansía conocer la luna.

Ha oído hablar de su luz, de su grandeza, de su misterio… pero no sabe dónde buscarla.

Entonces encuentra a alguien que le dice:

“Ya la he visto”.

Impaciente, pregunta:

“¿Dónde está?”

Ella no responde.

Solo levanta el dedo…

y señala.

Pero él se queda mirando el dedo.

Y así,

nunca ve la luna.

No te quedes mirando al otro.

Mira la luna.

Una opción —y la conozco bien— era enojarme con él. Convencerlo de no ir. Truncar su deseo. Recordarle sus responsabilidades. Decirle que no era justo conmigo. Quedarme maldiciendo su buena fortuna y diciéndome ¿Por qué él y no yo?

La otra opción… era irme con él. Y eso hice. A pesar de tener a mi madre en la clínica. A pesar de la culpa. A pesar de tener que pedir apoyo.

Ojalá pudiera decir que siempre uso así la envidia. Como impulso. Como dirección.

No es así.

Pero esta vez… sí.

Museo de los piratas del caribe
Mujer pirata. 

Malévola

La vida me está mostrando algo más profundo: el rencor, la envidia, la rabia, el odio … siempre han estado en mí.

La diferencia es que ahora puedo verlos.

Por fin puedo sostener la sombra y “maldad” que llevo dentro. Esa que antes no quería reconocer.

Mi deseo de ser “buena” me impedía mirarme.

Hoy me digo: “Esto también soy… pero esto no me define”.

Estas emociones que llamamos “negativas” no son errores. No son pruebas que superar sino algo que atender.

Es sentir, es parte de estar viva, de ser humana.

Y para llegar a lo divino… primero hay que aprender a ser humana.

Estoy aprendiendo a amarme sin condiciones. Y a medida que crece mi compasión, también crece mi capacidad de ver mi sombra.

Ahora la miro con curiosidad. Sin rechazo.

Me doy permiso de sentir. Y como si se tratase de un hilo, sostengo eso que siento y lo sigo para ver a dónde me lleva.

La luz que me guía para no embrollarme con ese cordón, y quedarme atada, inmóvil o estrangulada, es recordar esto: todo lo que me trae sufrimiento no es verdad completa.

Me estoy contando una historia incompleta. Siempre hay otra perspectiva.

La verdad no duele. La verdad libera.

Detrás de eso que duele hay una verdad superior. (Hablo sobre esto en mi escrito: Amar lo que es)

Pero si, aunque duela, no tomo en mis manos ese hilo, y camino tras él, jamás se revelará el demonio en mi psique. No podré nombrarlo y ponerlo en donde corresponde.

Si no se revela la mentira que hay en mi mente, no podré escribir una mejor historia.

Un día inolvidable.
De izquierda a derecha: Miguel, Jessica, Hernan y yo.
Amarnos en presencia

Sentí que no solo llegué a un lugar, sino que aterricé en los corazones de mis amigos.

Los dos primeros días de viaje fuimos solo nosotros dos. Nos reencontramos como esos viajeros despreocupados, relajados y curiosos. De esos que se asombran por nimiedades y fácilmente encuentran motivos para reír a carcajadas.

Lejos de la rutina, volvimos a ser amantes. Románticos. Apasionados.

Nos merecemos ser así… más seguido.

Con él, siendo felices.

En este viaje descubrí algo más: este amor puede ser aún más grande.

Cuando nuestros amigos se unieron, la alegría se multiplicó.

Las conversaciones profundas, las risas, las perspectivas, las sensaciones, los abrazos y las miradas con cariño.

Todo creció exponencialmente. Yo también cambié. Me sentí distinta. Una versión nueva, nutrida por cada uno de ellos. Más luminosa, más consciente, más bendecida.

Dicen que somos el promedio de las personas con las que nos rodeamos… Yo me convertí en una versión más hermosa de mí.

Me embebía de su ser. Y entonces, cualquier instante —por simple que fuera— se volvía nuevo. Prístino. Irrepetible.

Nos sentimos íntimos, con la libertad de mostrarnos como somos, y con el permiso para amarnos. Y no fue el tiempo lo que lo hizo posible. Nuestra amistad es relativamente nueva. Las horas compartidas antes del viaje fueron pocas.

La profundidad no vino del pasado. Vino de una decisión.

Elegimos ser auténticos, vulnerables, honestos y, sobre todo, elegimos amarnos.

He creído, por mucho tiempo, que para amar se necesitan razones. Y esa idea me ha limitado.

Es uno de los motivos por los que me he privado de ser más feliz. Me ha impedido encontrar amor en viejos conocidos, en personas cercanas e incluso en desconocidos.

Hoy lo veo distinto: no necesito razones para amar. Porque no es algo que hago, es algo que soy.

Y ese es un poder.

Amar a quien no conozco puede ser fácil. Aún mayor es el poder de amar incluso cuando creo que “no se lo merecen”.

Nadie puede impedirme amar. Creer lo contrario es otra forma de ser víctima.

Solo yo elijo. Ser… o no ser.     

Si hoy, mi hada madrina me ofreciera un superpoder, ya no elegiría leer mentes, ni comer y no engordar, ni desaparecer, ni volar.

Elegiría el super poder del amor, amar sin condiciones.

Porque ahí…
es donde soy más poderosa.

Soledad.
Pirata abandonado en una isla desierta.
Museo de los piratas.

La tribu.

Hay algo que quiero resaltar.

Algo que, en este momento, siento como de lo más poderoso: la comunidad.

Las personas que encuentro en los ashrams tienen una energía que no he experimentado en otros lugares.

Hay vitalidad en ellas.

Amabilidad.

Una sonrisa abierta.

Una autenticidad que se siente.

Y eso… en sí mismo tiene un poder transformador.

Porque la mente se alinea con aquello de lo que se rodea. Por eso me resultaba tan fácil sentirme bien. No era solo el lugar. Eran ellos.

Tal vez eso es lo que más me ha unido al yoga: ver cómo las personas que están en este camino irradian algo distinto. Una bondad. Una presencia. Para mí, esa es la evidencia de que funciona.

Nuestro crecimiento no ocurre en aislamiento. Necesitamos rodearnos de personas que también estén mirando hacia lo esencial. Eso es la tribu. Un espacio donde puedes compartirte y también recibir. Donde sostienes y eres sostenido.

Nunca me enseñaron la importancia de esto. De tener una tribu. Y no se trata de lazos de sangre. Se trata de afinidad. De encontrarte con otros que están buscando lo mismo. Personas con quienes puedes recordar quién eres, más allá del ego.

Con quienes te reúnes no para distraerte, sino para volver. A lo esencial.

Hoy me entrego a mi tribu con lo mejor de mí, porque sé que lo que compartimos… es sagrado

Pintura de Krishna

Yoga.

Lo más bello que encontré en el yoga es esto: no me exige ser amor, ni compasión, ni bondad.

No me ordena sentir a Dios.

No me impone un resultado.

Para mí es obvio que, en el fondo, este es el anhelo de cada ser.

¿Quién no quiere ser dicha absoluta?

El yoga no se enfoca en la meta. Se enfoca en el camino.

Y ese camino comienza en el cuerpo. En lo cotidiano…

Todo importa: lo que comes, lo que ves, de quién te rodeas, a qué prestas atención. Tu respiración, tus ritmos. Así como también tu movimiento, tu voz, las palabras que usas, tus valores.

El yoga es disciplina. Es práctica. Es repetición. Es un camino profundamente masculino… en su estructura.

Si te comprometes con la sádana, llegas. Así de simple. Esto es tan cierto como el agua que hierve cuando se pone al fuego. Tú te dispones… y algo en ti se transforma. Tu espíritu se expande.

“No somos seres humanos teniendo experiencias espirituales. Somos seres espirituales viviendo una experiencia humana.”

No se trata de buscar algo que no tienes. Se trata de limpiar. De retirar lo que cubre. Para dejar salir la luz que ya eres.

Llegando al Ashram.


Cuando la vida se vuelve ritual

El ashram es un lugar donde lo esencial es la práctica espiritual.

Todo está dispuesto para eso: para traerte al presente, una y otra vez.

La conciencia que habita cada momento lo transforma en un hermoso ritual. Nada es automático. Nada es trivial. Todo te invita a volver: a lo esencial, a lo real, a lo que no cambia.

La sádana comienza a las 6:00 am: meditación, cantos y enseñanza.

A las 8:00, la primera práctica de asanas   —las posturas que comúnmente asociamos al yoga—.

A las 10:00, la primera comida del día: vegetariana y muy, en verdad, muy deliciosa y abundante.

Algunos días, a las 12:00, hay espacios de profundización.

A las 4:00 pm, la segunda práctica de asanas.

A las 5:45, la última comida, con la misma generosidad.

A las 8:00 pm, volvemos: meditación, cantos, enseñanzas.

A las 10:00 pm, descanso.

Y, sin embargo, no se trata del horario. Se trata de la presencia.

Admito que no todos los días seguí cada actividad. Pero honrar mis propios ritmos no disminuyó mi compromiso con la sádana. Al contrario: fue otra forma de practicarla.

Sintiéndome muy bien.


Nada merece mi dolor

En estos días en el ashram estuve atenta a mí. Observando. Sintiendo.

Al llegar, mi cuerpo hablaba: reflujo, acidez, dolor de cabeza, tensión en mi mandíbula, dolor en el cuello, el hombro y el brazo izquierdo.

No me sentía enferma. Pero eran esas pequeñas molestias que aparecen… que me acompañan en algunos momentos del día. Esas incomodidades que antes ignoraba.

Hoy ya no.

Después de tanto mirar hacia adentro tienen mi atención, sé que definitivamente ya no quiero normalizar el malvivir.

Y bastaron un par de días. Todos estos malestares empezaron a disolverse. Mi cuerpo se alivió.
Mi energía volvió.

Me sentía… viva, de maravilla.

Llevaba tiempo sin encontrarme siendo esta vitalidad.

Aún hoy, días después de haber dejado el ashram, se me aguan los ojos.

Lloro.

Pero no de tristeza. De gratitud. Descubro que también lloro por gratitud. Cuando lo que siento no cabe en el cuerpo. Cuando la vida rebosa y derramo unas cuantas lágrimas.

Gratitud por recordarme, por volver a mí. A la paz, a la belleza, a la exuberancia, a la salud y al amor.

Y entonces tomé una decisión: nada merece mi dolor.

Hice el siguiente razonamiento: La Diosa no me trajo a este mundo a sufrir. ¿Entonces por qué me impongo cosas que me enferman?

Pero al regresar a casa… algo cambió.

Los malestares volvieron.

Lloré movida por una tristeza profunda. La sensación de perderme otra vez. De perder a esa mujer vital que había sido. Me enojé. Conmigo. Por no saber cuidarme.

Pero algo más apareció, la certeza de: “sí sé maternarme”.

Solo que necesito silencio para escucharme. Y en ese silencio empecé a ver: lo que me tensa, lo que me endurece, lo que me amarga, lo que me frustra, lo que me enoja, lo que me llena de ansiedad.

A veces solo se trata de pequeños ajustes. Otras… son grandes decisiones.

Este es mi camino hoy: aprender que nada ni nadie merece mi dolor.

Que el sufrimiento no es una moneda de cambio.

Que no es una forma de amar.

Que no es el precio del éxito.

Y también, cuidar de no provocarlo en otros. No dispersar el sufrimiento.

Trabajar en mí, para seguir siendo esa mujer vital, sin importar lo que traiga la vida. Permanecer en mi centro.

Pero mientras fortalezco mi espíritu, para que nada corrompa mi bienestar, también debo cuidar mi cuerpo. Alejarme de lo que me lastima.

Porque cuando el cuerpo duele, todo se vuelve más difícil.

Y aquí aparece mi madre.

Su forma de amar.

Su cuerpo enfermo.

Su camino.

En ella veo algo que me enseña todos los días: el costo de no escucharnos. Y también… la posibilidad de elegir distinto.

En este acuerdo de almas, solo puedo agradecer.

Ella ha asumido el reto de iluminar de esta manera mi oscuridad. Porque, de alguna forma, su camino ilumina el mío.

¿En quién me convertiría si el mar fuera mi hogar?

La vida no me pide que resista.

Me pide que escuche…

y que vuelva.

 

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