CÓDIGO MUJER-ALISA VITTI

 

De victima a empoderada.

El camino de dejar la pasividad y hacerme cargo de mi bienestar ha sido largo, ha sido como despertar de una ilusión antigua. En lo que respecta a mi cuerpo, libros como El milagro metabólico y los demás del doctor Carlos Jaramillo marcaron el inicio de esta travesía. Pero fue Código mujer, de Alisa Vitti, el libro que llegó a iluminar los rincones que aún quedaban en sombra y trajo justo lo que necesitaba saber para ajustar los detalles en mi rutina, en mi mentalidad y, sobre todo, en mi propósito.

Me encantó leer sobre mis hormonas, sobre mis síntomas, fue como descifrar un mapa secreto, con cada página sentía que recuperaba un gran poder: el saber cómo cuidarme. Este libro es un manual completo de alimentación, cuidados y suplementos, pero para mí significó mucho más. Fue una revolución en mi manera de comprender quién soy.

Ya no me parece suficiente —ni justo— permanecer en el lugar pasivo al que nos hemos acostumbrado. Esperamos que alguien más resuelva lo que nos duele y limita, buscamos la solución en una pastilla o en un hábito recetado, sin detenernos a mirar cómo dejar de lastimarnos desde la raíz. Nos resignamos a la enfermedad física o mental, como si no tuviéramos ningún poder para transformarnos. Y, sin embargo, la verdad es clara: cuando se trata de tu cuerpo y tu mente, nadie más puede hacerlo por ti.

Lo mejor que he hecho por mí ha sido la lectura de estos libros, porque si el conocimiento es poder, el autoconocimiento nos devuelve el poder para ser.

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Sintiéndome de maravilla contemplando el amanecer en Izotal

Mi cuerpo

He tenido la fortuna de no enfrentar enfermedades crónicas ni accidentes graves. Mis dolencias no han pasado de gripas, gastritis, dolores de cabeza y cólicos menstruales. Quizá por eso nunca me detuve demasiado a pensar en mi cuerpo, salvo para juzgar lo que no encajaba en el estándar de belleza al que, sin querer, me rendí tantas veces.

En mis búsquedas espirituales, mi cuerpo era más bien un límite, un lugar estrecho. Lo sentía como una cárcel que ataba mi alma. Creía que, con la muerte, llegaría la liberación: salir de él, como quien abre una puerta hacia lo infinito.

Lo percibía como algo que debía controlar. Sus impulsos y deseos me parecían inoportunos, incluso contrarios a lo que yo consideraba bueno o correcto.

Pensaba que la relación con mi cuerpo debía girar en torno a lo que yo necesitaba de él: que se viera bien, que estuviera sano, que tuviera la energía suficiente para sostener lo que debía hacer y, con suerte, lo que quería.

Era mi instrumento para alcanzar un ideal de potencial. Lo ejercitaba y lo alimentaba de la mejor forma posible, siempre con la intención de exprimir de él lo mejor. Lo amaba, sí, pero un amor condicionado: sólo si todo estaba casi perfecto podía sentirme agradecida de que fuera mío. Porque así lo vivía, desde la posesión: este cuerpo es mío.

Sintiéndome de maravilla recibiendo de los rayos del sol

El lenguaje de mi cuerpo.

Durante mucho tiempo, en mi relación con él, era yo desde mi ego, quien decidía lo que nos convenía, lo que necesitábamos y quiénes éramos en el mundo. Era una comunicación de una sola vía, porque infravaloraba su inteligencia… en realidad, ni siquiera me había detenido a considerar que la tuviera.

La revelación, en estos últimos años, ha sido comprender que mi cuerpo no me pertenece, ni yo le pertenezco. No es solo un vehículo que me transporta, tampoco un simple instrumento para vivir mi historia: mi historia está contenida en cada célula. Mi cuerpo es la vida misma.

Y no me refiero a reducirme únicamente a la identificación con el cuerpo, y menos aún con el aspecto físico. Hablo de una comprensión nueva, en la que energía, espíritu, mente y emociones no son compartimentos separados, sino una trama inseparable. Descubrí que mis palabras no son el único lenguaje que poseo, que el razonamiento lógico está lejos de ser la forma más elevada de mi inteligencia y que todo, absolutamente todo, está conectado en una doble vía: origen y receptáculo al mismo tiempo.

El cuerpo no es un objeto que cargo: es la vida que me habita y me sostiene.

He habitado una vida inmersa en la mente, siempre atenta a pensamientos de causas y consecuencias, a lo que quiero y a lo que no, a lo que juzgo bueno o malo. Le otorgué un poder inmenso a mis emociones: perseguía las “buenas” y huía de las “malas”. En esa rueda constante de pensamientos y emociones, dejé por completo a un lado mis sensaciones.

Vivir en mis sensaciones es estar presente, es habitar la vida que soy. Y solo por eso, comprender que nada falta ni sobra: la vida simplemente es.

Las sensaciones son mi raíz: me devuelven al instante donde todo existe.

Aceptar con pragmatismo que mi cuerpo sabe es aprender a escucharlo con atención: escanear sus tensiones sutiles, el hormigueo, lo cálido y suave, lo frío y tenso, el cansancio o la excitación, las contracciones y expansiones, el fluir de la sangre y los latidos del corazón. Escucharlo es ir entrelazando pensamientos y emociones con sensaciones, reconociendo los cambios que se producen cuando soy consecuente. Son ellas —las sensaciones— las que me permiten descubrir quién estoy siendo, qué me oculto, qué necesito darme y hacia dónde quiero caminar de verdad.

He dejado de imponerle cómo quiero sentirme. Ya no busco eludir ni acallar las incomodidades, tampoco juzgarlo bajo mis criterios de lo que es saludable u óptimo. Ahora sé que mi comunicación más valiosa surge cuando lo escucho y me dejo guiar por su sabiduría. Porque escucharlo es, en verdad, escucharme.

Código mujer trata de esto: dejar de ser pasiva y tomar las riendas de esta comunicación. Porque comprender el funcionamiento de mis hormonas me ha dado claridad para interpretar lo que mi cuerpo me dice y, desde ahí, tomar decisiones que me hacen bien.

Nos desconectamos de nuestro cuerpo que, con frecuencia, es nuestra fuente más profunda de conocimiento.” Alisa Vitti.  

Sintiéndome de maravilla creando un altar para compartir

Miedo a sentir

¿Qué es tener buena salud?
Mi respuesta automática siempre había sido: que nada me duela, sentirme enérgica y alegre, o al menos en calma y tranquilidad, con la mente clara y enfocada.

Esa era mi visión estática del cuerpo. Y el día en que algo no coincidía con esa expectativa, me sentía defraudada por él. Como bien lo expresa la autora: “… esperas que tu cuerpo se sienta de maravilla todos los días y cuando no está a la altura te sientes traicionada.”

Tener una imagen mental de cómo “debería” sentirse la salud, el éxito, la felicidad, la sexualidad… la vida misma, y pretender que el cuerpo se adapte a ello, es lo que nos lleva a tener miedo a sentir. A sentir tensiones, cansancio, dolor, placer. Cuando las sensaciones no encajan con nuestros supuestos de lo que significa estar sanos, felices o exitosos, terminan convirtiéndose en un fastidio.

Más de una vez me he dicho: “¿Si todo está bien, por qué no me siento bien?” o “¿Si ya lo tengo todo para ser feliz, por qué esta sensación no se va?”

Ese deseo de no sentir nos empuja a buscar distracciones que nos alejen del cuerpo: drogas, ocupaciones interminables, medicamentos, experiencias o personas.

Pero la naturaleza no es estática, y nuestro cuerpo es naturaleza, aunque intentemos olvidarlo. Esto es cierto para todos, pero las mujeres debemos poner aún más atención, porque nuestra esencia es cíclica.
(Quien desee profundizar en este tema puede leer en este mismo blog mi escrito: Las 4 fases de la luna roja).

No podemos controlar el cuerpo esperando que nos entregue los mismos resultados cada día: la misma energía, las mismas sensaciones, las mismas emociones y pensamientos. Y está bien así. Eso también es salud. Nuestra naturaleza cambiante no es enfermedad ni algo que deba corregirse.

El problema nunca ha estado en el cuerpo, sino en nuestros pensamientos sobre él.

Sentir no es una amenaza, es un recordatorio de que sigo viva, cambiante, infinita en matices.

Sintiéndome de maravilla rodeada de flores

Maestría en sentir

El 90% del éxito para tomar constantemente decisiones que te hacen bien está en poner atención a cómo te sientes. Esta conciencia —de lo que provoca en tu cuerpo lo que comes, lo que bebes, lo que miras, las personas con quienes te rodeas o lo que escuchas— es lo que nos lleva a elegir cada vez lo mejor para nosotras. Ya no queremos experimentar dolor, hinchazón, culpa, estrés, pesadez o neblina mental.

Tan claro como lo dice la autora: “Soy tan consciente de la diferencia entre sentirme de maravilla y encontrarme fatal que avanzar más en una dirección perjudicial no me merece la pena.”

Cuanto más limpias tu cuerpo y tu vida de lo que te hace mal, cuanto más atiendes a tus ciclos y te nutres de lo que te hace bien, y cuanto más practicas escanear tu cuerpo varias veces al día para escucharte, te vuelves más y más sensible.

La pregunta no debería ser: ¿Por qué quiero sentir más el dolor o lo que me desagrada?

La pregunta real es:
¿Por qué no me doy lo que necesito?
¿Por qué no me nutro de lo que me hace bien?
¿Cuál es la creencia que me limita a elegir mi bienestar?
¿Por qué sigo repitiendo lo mismo sin cambiar?

Alisa Vitti lo expresa así:
“”¿Por qué iba a querer que estas cosas me hicieran sentirme aún peor?”. A esto respondo: lo que hemos de temer no es volvernos más sensibles, sino a no tener la capacidad de sentir lo que nuestro cuerpo está intentando decirnos desesperadamente o a no hacerle caso cuando nos envía señales de aviso

El regalo de esta práctica es enorme: también te vuelves más sensible al placer, al disfrute, al gozo. Y eso te lleva a descubrir lo que realmente deseas. Entre más caminas en dirección al “sentirte de maravilla”, más te mueves hacia una vida más auténtica, más tuya.  

A mí me encanta esa experiencia: muchas veces, al escanearme, me sorprendo al darme cuenta de que me siento de maravilla. Entonces me pregunto: ¿Qué estoy haciendo? ¿En qué estoy pensando? ¿Con quién estoy compartiendo este momento? Porque es de esto que quiero más en mi vida. Así dejo de medir mi éxito con lo que otros lo definen y comienzo a definirlo desde adentro: es este sentirme de maravilla el que me revela lo que significa ser exitosa.

Como bien lo dice el libro De qué te arrepentirás antes de morir: al final de la vida lo que cuenta es el tiempo que pasaste haciendo lo que te gusta hacer, o, dicho de otra manera, cuánto tiempo pasaste sintiéndote de maravilla.

La maestría en sentir es este regalo: volverme tan consciente de lo que soy que ya no puedo traicionarme.

Sintiéndome de maravilla en mis momentos de lectura 

Priorízate

“Si me trato bien, suceden cosas asombrosas.” —Heidi Braun

Deberíamos organizar nuestra agenda alrededor de nuestra alimentación, de nuestros ciclos y de los hábitos que nos sostienen, pero mi realidad —y sospecho que también la de muchas— es que eso es justo lo primero que sacrifico cuando las obligaciones se acumulan.

En mi sentir, el mundo cada vez se acelera más, y las responsabilidades del trabajo, del hogar, de ser esposa, madre e hija, reclaman todo mi tiempo, energía y atención. Esto nunca se detiene: siempre hay algo que hacer. He logrado poner en mi agenda el ejercicio y, más o menos, mantener mis hábitos alimenticios. Pero cuando se trata de actividades de placer, descanso y relajación, me saboteo constantemente. El demonio de la hiperproductividad me susurra: “estás perdiendo el tiempo.”

Es cierto que hay cosas inevitables, pero también lo es que tengo un margen de libertad para decidir. Y es justamente ahí, en ese espacio donde podría elegir la actividad que me haría sentir bien, donde termino traicionando los ritmos de mi cuerpo. Lo pago con el estrés que acumulo por insistir en hacer lo equivocado en el momento equivocado.

¿Por qué lo hago? Por creencias que me persiguen: que valgo solo por lo que hago, que no merezco, que no soy suficiente. Se trata de traer la luz de la conciencia para desmentir estas falsas verdades que me alejan de fluir con mis cambios hormonales y me impiden elegir esas actividades que relajan mi sistema nervioso y detienen el ciclo del estrés.

Sentirme de maravilla

La experiencia de mi vida está definida por el sentirme de maravilla, y para lograrlo, lo primero e ineludible es cuidar de mi cuerpo. Nada puede estar por encima de esto. Así lo aprendí en la filosofía del yoga: no puedes llegar al samadhi —ese estado de paz, dicha y unidad— sin atender al ejercicio adecuado (asanas), la respiración adecuada (pranayama), la relajación adecuada (savasana), la dieta adecuada y el pensamiento positivo unido a la meditación. Como decía Nirmala, mi maestra en el ashram: “Un cuerpo enfermo no sirve ni para trabajar.” Mucho menos para iluminarse.

Si deseo ser más espiritual, alinearme con mi propósito de vida, tener mejores relaciones e incluso prosperar en mis finanzas, he de dar prioridad a mi rutina de cuidados y a la danza de mis hormonas.

Priorizarme no es un acto de egoísmo, es un acto de amor: la raíz de todo lo que puedo dar.

Sintiéndome de maravilla mientras escribo
Una breve historia.

Después de tener a mis hijos, mis juicios sobre mi aspecto físico se intensificaron. Me habitaban muchas inseguridades y la certeza dolorosa de no ser “bella”, al menos no bajo el estereotipo de belleza que todos conocemos. A veces me pregunto: ¿a qué edad empezó esa convicción de no ser hermosa?

Aunque estaba muy delgada, quería verme diferente. Decidí entonces realizarme una cirugía estética. Con ella, mi autocrítica disminuyó, pero no desapareció. Motivada por seguir moldeando mi cuerpo hacia el estándar de belleza, empecé a ejercitarme. Pronto comprendí que los resultados no llegarían si no controlaba lo que comía: calorías, proteínas, grasas, carbohidratos. Todo se convirtió en una cuenta minuciosa.

Lentamente, mi cuerpo fue cambiando y, con él, mi relación interna. Dejé de actuar desde el auto-odio y empecé a agradecer. Agradecía la fuerza, la disciplina, la posibilidad de moverme y cuidarme. Sentía que podía cambiar.

Pero movida aún por la vanidad, decidí realizarme otra cirugía, esta vez para “mejorar” el aspecto de mis senos, que llevaban las huellas de la lactancia de mis dos hijos.

Ese fue el detonante final. Algo cambió profundamente en mí después de aquello. ¿Hasta dónde pensaba llegar? No lo formulé en palabras, pero parecía ser la pregunta que mi cuerpo me hacía a través de la incomodidad. Estaba deprimida. A diferencia de la primera cirugía, que me dejó satisfecha, esta vez experimenté algo distinto: decepción. No entendía qué me ocurría, pero ahora lo sé: había actuado en contra de mí misma. Esta vez estaba más despierta, más cerca de la verdad, y de mi centro. Y cuando se obra en contra del propio ser, el dolor es inevitable.

Ese fue un punto de inflexión en mi vida. Desde allí, poco a poco, fui reorientando mi rumbo y reconfigurando mis creencias acerca de la belleza, la salud y el bienestar.

Luego conocí el yoga, y con él llegó un antes y un después. Ese fue el camino que me liberó de los velos y condicionamientos que me impedían verme en mi completitud, y amarme sin condiciones.

Hoy entiendo que no fueron solo mis aciertos ni mis buenas decisiones lo que me trajo hasta aquí, sino el sentir las consecuencias de no honrar mi cuerpo. No fueron errores: fueron parte del camino. Y hoy los bendigo, porque gracias a ellos aprendí a amarme.

Mi cuerpo me enseñó que la herida también es maestra, y que incluso los tropiezos me guían hacia mí misma.

Sintiéndome de maravilla regresando a lugares que amo
Mi verdadero enemigo siempre fue el azúcar.

El trastorno hormonal que me llevó a esta lectura fue un desbalance entre estrógenos y progesterona. La solución médica era tomar progesterona.

Con este libro comprendí que mi condición de hipoglucemia estaba en la raíz de ese desbalance. Implementé sus recomendaciones alimentarias e incorporé los suplementos sugeridos. Bastaron unas semanas para que los síntomas que me habían llevado a consultar desaparecieran: cansancio, falta de energía y de deseo.

Si te identificas con alguno de estos síntomas —acné, ovario poliquístico, miomas, dolores de cabeza, falta de energía y líbido, insomnio, sensibilidad o quistes mamarios, cambios de humor repentinos, irregularidades en tu ciclo, ansiedad o depresión—, en este libro puedes encontrar, como yo, respuestas para darte lo que aún no sabes que necesitas.

Sintiéndome de maravilla comiendo delicioso 

Lo que hoy sé.

Hoy sé que no se trata de pelear con mi cuerpo ni de forzarlo a ser distinto. Se trata de escucharlo, de sentirlo, de honrar su sabiduría.

El camino no ha sido lineal: ha estado lleno de pruebas, de espejos y de decisiones que me llevaron a descubrirme. Y aunque hubo momentos en los que me traicioné, aprendí que cada paso —incluso los que parecían errores— eran parte del viaje de regresar a mí.

Este libro me recordó algo esencial:

Que mi cuerpo no es un obstáculo, sino mi maestra.
Que no necesita ser corregido, sino atendido.

Que la salud no es ausencia de dolor, sino presencia de conciencia.
Que la belleza no está en alcanzar un molde, sino en habitarme con gratitud.

Por eso quiero invitarte a hacer tu propio viaje: a detenerte, a escucharte, a confiar en que tu cuerpo sabe más de lo que imaginas.

Que tus síntomas no son enemigos, sino mensajes.
Que tus ciclos no son cadenas, sino mapas.

Y que este sea también tu mantra de ahora en adelante:
Mi cuerpo es mi hogar, mi verdad y mi camino. Y hoy lo elijo, con todo lo que soy.

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Sintiéndome de maravilla compartiendo con mujeres maravillosas 



Sintiéndome de maravilla haciendo lo que amo


Sintiéndome de maravilla siguiendo mi camino



Sintiéndome maravillosa a su lado

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