Sobre Dios – Byung-Chul Han
Silencio,
atención y belleza en tiempos de ruido
Notas para recuperar lo sagrado en un mundo que no sabe detenerse
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El alivio de no estar equivocada
Si te gusta la filosofía, probablemente este libro
te guste.
Pero si alguna vez te sentiste fuera de lugar en el
mundo, este libro puede hacer algo más: aliviarte.
Podría decir que esta lectura llegó en una crisis
de la mediana edad, pero no sería del todo cierto. Siempre he tenido un ánimo
reflexivo. Lo que pasa es que con los años esa tendencia no se ha suavizado, se
ha intensificado. Y durante mucho tiempo viví con la sensación de estar dándole
demasiada importancia a cosas que parecían no tenerla.
Me culpaba por eso.
A veces pienso —no sin cierta ironía— que nunca
alcancé a desarrollar del todo la practicidad que se espera del ser adulto. Esa
capacidad de avanzar sin detenerse demasiado, de resolver, de producir, de
seguir. Yo, en cambio, me quedaba pensando. Observando. Dudando. Y sintiéndome
un poco defectuosa por ello.
Leer Sobre Dios fue un descanso inesperado.
No porque me diera respuestas, sino porque me
permitió dejar de sentirme extraña.
Mientras avanzaba en sus páginas, entendí algo que
no sabía que necesitaba entender: que había coherencia en mis pensamientos. Que
no todo impulso a detenerse es pereza. Que no toda resistencia al ruido es
fragilidad. Que el deseo de silencio, de inactividad y de Dios no es una
anomalía, sino una forma distinta —y olvidada— de estar en el mundo.
Me reconocí en sus ideas sobre el silencio, la
inactividad y Dios.
Y en ese reconocimiento hubo una especie de
permiso.
El permiso de dejar de andar siempre por el mismo
camino.
El permiso de no seguir avanzando solo porque se
supone que hay que hacerlo.
El permiso, incluso, de parar.
No sentí que el libro me empujara a creer en algo
nuevo. Sentí, más bien, que me autorizaba a no renunciar a lo que ya estaba en
mí, aunque durante años lo hubiera ocultado bajo capas de ironía, cinismo o
exigencia.
Quizá no estamos equivocados.
Quizá solo estamos cansados de vivir en un mundo
que no sabe qué hacer con quienes todavía necesitan silencio para pensar.
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| Distraída: Olvidar ver las flores |
Una vida sin espiritualidad
Lo que ha muerto
no es Dios, sino nuestra autopercepción como seres espirituales.
Todo parece
empujarnos a olvidar el alma y a rendir culto exclusivo a lo material. Nos
convencen de que convertirnos en personas productivas es el propósito de la vida,
de que estar en el mundo consiste en consumir. Aceptamos como normal vivir
hiperconectados al mundo virtual, y en ese ruido constante perdemos la
posibilidad de pensar de verdad. Eso es lo que nos enferma y nos deforma.
En esencia, desde
nuestros orígenes, el ser humano ha sido un ser espiritual. Habló con los
animales, con las plantas y con el cielo. Vivió para honrar el orden natural, destinó
su tiempo a la contemplación y a la oración. Hoy, en cambio, hemos decidido que
eso ya no importa. Peor aún: lo tildamos de ridículo, de pérdida de tiempo.
Cuando, en realidad, se trata de una de nuestras necesidades más básicas, de
aquello que nos permite sentirnos verdaderamente humanos.
“Sin religión que
nos eleve hacia lo trascendente, la vida queda reducida a mera supervivencia”. Byung-Chul Han
Yo misma me
despojé de la magia y del misterio para evitar ser influenciada por otros. Y
así terminé cayendo en el cinismo de lo comprobable, creyéndome superior
precisamente por no creer. Nos volvimos devotos de la evidencia, fieles
únicamente a lo medible, a lo cuantificable.
Pero, ¿qué es una
vida sin lo sobrenatural? Es una vida que pierde lo sagrado y se reduce a resistir,
a sobrevivir.
Hoy me digo: ojalá
pudiera creer en todo lo bello. Ya no quiero poner límites a los saberes
antiguos ni al amor por lo divino en sus múltiples formas y nombres.
Y si algo se
perdió, no fue por maldad, sino por distracción.
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| Belleza |
Recuperar la espiritualidad
Dios
no se nos revela hasta que recuperamos la plenitud de la atención.
El
autor nos nombra como la
sociedad de la adicción. Vivimos atrapados en una compulsión
interminable por hacer, producir y consumir. De esa espiral solo se sale a
través de la atención.
Si
vives corriendo de un lado a otro, jamás recuperarás la sacralidad de tu vida.
Lo único que crecerá será la suma de momentos superfluos desperdigados por todos lados. Nada tendrá
sabor a trascendencia; pasarás de un instante desechable a otro, sin habitar
realmente ninguno.
Tampoco
se vuelve al ser espiritual desde la lógica del bienestar o del máximo
rendimiento. No existe una transacción interna donde inviertes en
espiritualidad para obtener salud, éxito o productividad. Esa es la falsa
espiritualidad del mercado: esa que te seduce con
el discurso de que la espiritualidad es la puerta a poder consumir
más, mejor y más caro.
Además
de la atención, dice el autor, necesitamos recuperar el silencio y la
inactividad. Solo así volvemos a ser el ser humano ante el cual lo divino puede
revelarse. Para ello es necesario aprender a esperar, atravesar la ansiedad
constante de estar buscando algo más. Esa ansiedad no es otra cosa que la
adicción: quererlo todo, siempre, lo mejor, sin descanso.
“El ruido ha matado a Dios”.
Hay
que dejar de consumir.
Y aprender a esperar.
Porque
a Dios no se le encuentra: se revela.
Pero para que algo se revele, hace falta atención.
Una atención plena, profunda, sostenida.
No la atención fragmentada de quien revisa el mundo mientras ya piensa en lo
siguiente, sino la atención de quien permanece. De quien se queda incluso
cuando no pasa nada.
Y eso
solo ocurre cuando somos capaces de sostener la mirada, de iluminar un mismo
punto el tiempo suficiente para que la luz penetre, para que lo profundo emerja
más allá de lo superficial. Solo entonces comenzamos a caminar hacia nuestro
ser espiritual.
Pero
no se vuelve a lo sagrado sin aprender primero a detenerse.

Regalos que me hacen sentir amada
La pausa

Ya no
conocemos la verdadera inactividad. Solo sabemos de pausas funcionales:
descansos que sirven para seguir haciendo. Nunca hicimos de la pausa el centro
de la vida, sino un breve paréntesis dentro del hacer incesante. La vida activa
sigue ocupándolo todo.
Esos
descansos no bastan para alcanzar una atención profunda. En el cuerpo queda un
movimiento que se expande, una urgencia que acelera hasta volverse
insoportable, y entonces aparece la horrorosa necesidad —casi violenta— de
mostrarse, producir o consumir.
No.
La vida contemplativa no es esto.
Aquí
la inactividad no es un medio: es el centro.
Los momentos de lentitud, de ritual, de ceremonia se vuelven lo esencial, y
todo lo demás pasa a ser simplemente eso: lo demás.
Ser espiritual es reconciliarnos con lo invisible.
Ser espiritual es aceptar formas de pensar que no pasan por el cálculo ni por el beneficio.
Tal
vez por eso cuesta tanto.
Porque exige renunciar a la idea de que todo debe devolver algo a cambio.
Quizá la verdadera pobreza espiritual no sea la falta de creencias,
sino la incapacidad de hacer algo que no nos sirva para nada.
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| Jugar a ser Ella: ¿Por qué elegir un personaje aburrido? |
Autoproducirse
Hay un
cansancio que no proviene del exceso de tareas,
sino del exceso de mirada.
De la necesidad constante de ser vistos, reconocidos, medidos.
Vivimos
expuestos.
No solo mostramos lo que hacemos,
también lo que somos —o lo que creemos ser—.
Nos exhibimos como mercancía en una vitrina infinita,
comparándonos sin descanso.
Midiendo valor, singularidad, autenticidad.
Todo debe ser visible.
Todo debe decir algo.
Todo debe rendir.
Y así,
incluso el ser se convierte en una tarea pendiente.
La autenticidad
¿Podemos, aunque sea por un instante, dejar de llevar nuestra atención a
nosotros mismos?
No solo creemos tener el derecho a ser auténticos; sentimos la presión de
demostrar esa autenticidad. Buscamos con desesperación aquello que nos haga
únicos y, en ese esfuerzo agotador, nos quedamos sin energía para ver al otro.
Y cuando por fin miramos al otro, solo lo hacemos para escudriñar en su ser
y compararnos. Dos mercancías frente a frente. Hemos aprendido a observarlo
todo desde el intelecto: contando, midiendo, clasificando qué es mejor y qué es
peor. Esa es la mirada que produce vergüenza a quien la recibe, porque lo
despoja del espíritu y lo reduce a una marca personal.
Cuanta violencia hay al vernos los unos a los otros así.
Solo quien aquieta los cálculos del intelecto puede realmente ver al otro.
Apreciarlo en su esencia, intuir lo que necesita, escuchar lo que dice sin
palabras. Mirarlo con atención plena y silencio interior, de modo que, en esa
forma de ser visto, el otro encuentre el camino de regreso a sí mismo.
Contemplar al otro olvidándose de uno mismo: esa es la verdadera
trascendencia del ego.
Cuando eres capaz
de ver al otro como alguien que no necesita mejorar ni crecer, es cuando has
dejado de tratarlo como un producto. Ahí se rompe la lógica de la mejora
continua y de la hiperproductividad. Y en esa ruptura, aparece algo más hondo:
lo humano.
Solo cuando
dejamos de exhibirnos, algo verdaderamente bello puede aparecer.
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| El abrazo a uno mismo |
Acerca de la belleza
¿Y si dejáramos de
llamar bello a lo hegemónico?
Somos programados para desear aquello que “es bello”.
Surge en nosotros la urgencia por obtenerlo, por consumirlo.
En el mundo del
consumo, la belleza se convierte en espectáculo:
algo que se consume rápido,
se aprueba con un gesto mínimo
y se olvida con la misma facilidad.
Pero la belleza de
la que habla este libro no funciona así.
No busca atención: la reclama.
Y cuando aparece, nos deja en silencio.
No reaccionamos
ante lo bello queriendo comérnoslo;
al contrario, deseamos que perdure,
que sea eterno.
Nos quedamos quietos frente a ello,
porque lo último que anhelamos
es contaminarlo con nuestro ego.
Lo bello provoca
un enmudecimiento interior:
un instante en el que solo quedas tú
frente a lo que contemplas.
La belleza te arroja a la soledad fértil
de la contemplación profunda.
Lo bello nos
conmueve hasta el fondo,
incluso puede doler en el alma.
Desaparece el impulso de mostrarse
y te conviertes en la superficie
donde esa belleza se refleja.
Dejas de ser algo
y te vuelves nada:
un vacío donde resuenan los ecos de lo bello.
Y no se trata de
aquello a lo que damos “like”.
Se trata de la belleza verdadera.
Esa que no depende de los ojos que la miran,
porque existe por sí misma.
Siempre ligada a
lo simple,
a lo rítmico,
a lo que no necesita explicarse.
Son esos instantes
en los que la fuerza de lo bello
te aquieta de manera milagrosa.
No te detienes por elección propia,
sino porque desaparece el que se mueve.
Dejas de existir.
Y queda solo el
atardecer,
el colibrí,
la suavidad del viento,
o un acto de bondad.
Cuando un momento
así ocurre, lo sabes.
Pero nos hemos acostumbrado a dejarlo pasar.
No lo honramos
y permitimos que la vida pierda su magia.
Sin Dios,
lo bello no existiría.
Lo sagrado no se
posee, no se mide, no se intercambia.
| Belleza |
La transacción no es una ley del universo.
Es
urgente olvidar la idea de que la espiritualidad consiste en hacer negocios.
Invertir en Dios para obtener lo que quiero.
Rezar para que nada de “lo terrible” me suceda.
Confiar en Dios como herramienta para alcanzar todos mis
propósitos.
Recuperar nuestro ser espiritual no es negociar con lo invisible, sino encontrarnos con él.
Ser
espiritual es darse la licencia de hablar con los espíritus.
Con el agua, con el sol, con el tiempo.
No para obtener algo, sino porque están ahí y lo sabes.
Allí habitan las ceremonias y los rituales: actos que no producen
nada, espacios y tiempos creados únicamente para devolver la atención a lo
divino.
No
para pedir.
Porque pedir convierte el momento en una transacción.
Y en esa lógica, la atención sigue girando alrededor de uno mismo: mi salud, mi
prosperidad, mi paz.
Orar no es pedir; es llevar la atención a Dios.
“La calidad del rezo depende de la intensidad de la
atención”
Ritualizar la vida no es convertir la
espiritualidad en un hábito mecánico. Por más repetidos que sean, los rituales
nunca son rutina. Al contrario: son interrupciones del automatismo, instantes
de presencia que hilvanan el tiempo, como perlas de un collar que, sin ese hilo
invisible, se desparramarían sin forma en la memoria.
El
ritual suspende la lógica del intercambio.
Nos
saca del hacer incesante.
Nos
devuelve a un tiempo distinto, no orientado al logro, sino a la presencia.
No
se trata de repetir por costumbre, sino de detener el flujo que nos arrastra
sin cesar
No
generan valor.
No
mejoran indicadores.
No optimizan
la vida.
Son actos inútiles en un mundo
obsesionado con la utilidad.
Y precisamente ahí reside su
fuerza.
El
libro insiste en algo profundamente incómodo:
la espiritualidad no sirve para nada.
Y
precisamente por eso,
es espiritual.
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| Belleza |
Eternidad
Nada me
sabe más dulce
que el silencio y la soledad.
Es la paz que me da
el no ser vista,
el no sentirme cuantificada.
Dejar de ser interpretada.
Me quedo
observando
a ver quién soy
cuando nadie me ve.
Me causa
asombro
lo que encuentro.
Ancianas
de pelo trenzado
que bailan contra el tiempo
se convierten en jóvenes
con el pelo suelto.
¿Cuánta
soledad es suficiente?
Tal parece que nunca lo sabré.
Debe ser
porque
hace años estoy en austeridad de silencio.
Muchas
veces finjo
que ya es suficiente,
solamente porque se supone
que los debo extrañar.





Gracias 🙂 muy oportuno para mi
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