EL EFECTO COMPUESTO-DARREN HARDY

 


Las mujeres que gestamos cuando elegimos volver

Escribir para encontrarse: mi diálogo con el Efecto Compuesto

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Como dice Elizabeth Gilbert:                                                                                                                “Pues déjame que te diga, con todo mi respeto y cariño, que este libro (escrito) no lo escribí para ti. Lo escribí para mí.” 

Tengo instaurada esta idea sobre enero:     es el momento sagrado para dar inicio a todos mis propósitos.

Sin embargo, este año, mientras observaba con cierto agobio cómo los días pasaban sin que nada "arrancara", recordé este libro y volví a él. Fue esa relectura la que, una vez más, me trajo de frente a la página.

No escribo porque tenga las respuestas.

Me siento frente a la hoja en blanco llena de preguntas. Siempre es así. Es en el acto de escribir cuando algo en mí se aclara.

No escribo porque tenga algo que contar, sino justamente para encontrarlo.

El Efecto Compuesto es un libro práctico, puramente de desarrollo personal. Está enfocado en el hacer y en avanzar hacia las metas.

En mi opinión, incentiva y encauza nuestra energía masculina: nos ayuda a enfocarnos y nos brinda herramientas para autogestionarnos.

Su lectura es amena, rápida y muy recomendable para quienes se adentran en este género por primera vez; explica conceptos básicos con ligereza y, además, resulta entretenida.


Porque antes de hablar de hábitos, la vida ya me había sacudido.

La belleza de caminar sin rumbo

No soy la misma: lo que queda después de los sismos y los hábitos

Quiero comenzar hablando de aquello que el libro no menciona: lo opuesto a los pequeños actos.

Hablo de los momentos trascendentes, de esos hitos que irrumpen en la vida como un sismo.

Una película me llevó a reflexionar sobre esos acontecimientos que lo cambian todo: los momentos de impacto.

Al hacer un inventario de mis propios momentos de impacto, la memoria trajo primero la muerte de mi padre.

Luego, el día que me mudé con mi esposo.

El nacimiento de mis hijos.

La llegada de mis perros.

El cierre de un trabajo que sostuve durante quince años.

El día en que mi madre se mudó conmigo a causa de su enfermedad.

Y la apertura de Izotal, nuestro proyecto familiar.

Un suspiro se me escapa al detenerme frente a estos recuerdos.

Cuánto poder hay en cada uno.

Gracias a este libro pude comprender por qué son tan trascendentes:

porque alteraron de forma abrupta mi rutina diaria y, con ello, me transformaron en otra mujer.

Debieron morir versiones de mí para que nacieran otras;

algunas elegidas y otras que la vida me fue exigiendo.

Recuerdo la incomodidad que me provocó el cambio: la incertidumbre de ya no saber quién era.

Si son nuestros hábitos los que nos definen, al perder la estructura de lo que hacemos cada día también perdemos el relato que hemos construido sobre quiénes somos.

No todo lo que transforma se siente bien.

Tomándome un vino y una foto 

La trampa de las etiquetas

En ese conteo de momentos de impacto, mi parte analítica comienza a apartar unos a la izquierda y otros a la derecha, separando los buenos de los malos, pero me sacudo esa falsa clasificación Vuelvo al cuerpo en busca de la verdad, y la verdad es que cada uno de esos momentos trajo incomodidad y puso a mi sistema nervioso en modo de lucha o huida.

Hemos aprendido que debemos alegrarnos por ciertos sucesos y sufrir por otros.

Nos imponemos lo que deberíamos sentir, aunque la experiencia real del cuerpo diga algo distinto.

Fui mi crítica más severa por no sentir una alegría absoluta con la maternidad, o por experimentar miedo —en lugar de júbilo— al iniciar Izotal.

Me juzgaba por no ser feliz cuando se suponía que debía serlo: me estaban pasando “cosas buenas”, eran mis decisiones, las que había tomado “libremente”.

Hoy comprendo algo distinto: todo cambio de rutina genera incertidumbre, y la incertidumbre despierta miedo. Es una respuesta biológica, independiente de si el acontecimiento es etiquetado como “bueno” o “malo”.

Contarme una buena historia sobre los momentos de impacto difíciles me ayuda a atravesarlos con mayor serenidad y, con el tiempo, a reconocerlos a todos como “buenos”.

No desde la negación, sino desde una narrativa más amplia: todo es perfecto tal como es, porque no existe una verdad más grande que esa cuando aceptamos la imposibilidad de cambiar lo ocurrido.

Me digo, por ejemplo, que uno de los regalos más grandes de mi padre fue morir joven, por toda la sabiduría que ese duelo trajo a mi vida.

También sé que aprendí paciencia, fe y mi faceta de cuidadora a través de la enfermedad de mi madre.

Estos momentos de impacto son cinceladas firmes sobre mi identidad. Caen las partes ingenuas y frágiles del ego, y queda una versión más limpia, más honesta.

En la dificultad me encuentro con mi sombra y reconozco cuán desregulado puede estar mi sistema nervioso.

Y es precisamente ahí donde empiezo a verme de verdad.

Pero no todo cambio llega como un sismo;

algunos se gestan en silencio.

Momentos de belleza y felicidad

Pequeñas acciones + constancia + tiempo = diferencia radical.

En el lado opuesto de los grandes sismos están los pequeños cambios.

Esos que hoy parecen no alterar nada.

De ellos habla el autor a lo largo del libro, para ayudarnos a comprender que poseen la misma contundencia que los momentos de impacto.

Su poder no está en sí mismos, sino en su acumulación día tras día: eso es el efecto compuesto.

El ejemplo del avión es perfecto. Si al despegar el piloto ajusta el rumbo apenas unos milímetros, la diferencia al inicio es imperceptible. Pero tras recorrer miles de kilómetros, terminará en un continente completamente distinto.

“En realidad, son las decisiones menores las que moldean nuestra vida” Darren Hardy

Lo verdaderamente importante es saber a dónde queremos llegar y marcar ese punto en nuestro mapa de vida. A partir de ahí, ajustar esos pequeños milímetros en la trayectoria y sostenerlos con constancia.

Es solo cuestión de tiempo para que aparezca una diferencia radical.

El efecto compuesto no aplica únicamente para mejorar; la misma ley rige las decisiones que nos alejan de lo que deseamos.

Las malas elecciones también se acumulan y se potencian.

Quejarnos, comer ese dulce, eludir el movimiento del cuerpo, no estar presentes para quienes amamos… parecen actos inofensivos.

Pero es justamente en esos pequeños gestos donde se define el rumbo de nuestra vida.

El autor dice que el Efecto Compuesto “es como magia”, y realmente lo es.

El poder del rezo no sólo está en elegir las palabras acertadas, en realidad está en la capacidad que tienes de sostener la atención.

Si mantienes la mirada constante en tu objetivo, no hay magia más poderosa.

Cada momento es decisivo. Cada pequeño acto es un eslabón en la cadena. Si uno se rompe, la continuidad se pierde y la magia del efecto compuesto se interrumpe. Entonces, toca volver a empezar.

Saberlo no siempre es suficiente para sostenerlo.

“Lo que es fácil de hacer es también fácil de no hacer” Jim Rohn.     

 Saber dónde mirar el brillo


¿Por qué nos cuesta tanto?

Después de mucho esfuerzo logré distinguir, entre toda la maraña de nimiedades y excusas, qué es lo que realmente quiero.

“De manera que tú debes desear algo y saber por qué lo deseas” … “Tus decisiones solo tienen sentido cuando los conectas con deseos y sueños Darren Hardy, p. 80

Comprendí qué me hace bien y le da sentido a mi vida. Justo cuando creí haber llegado al final y grité: “Eureka, lo he encontrado”, me di cuenta de algo incómodo: ese no era el final.

Era, en realidad, el momento en el que más necesitaba aplicarme.

“Mucha gente va a la deriva, sin realizar un esfuerzo consciente para entender qué es lo que quiere en concreto y lo que debe hacer para conseguirlo” Darren Hardy 

Nuestro estilo de vida —y con él nuestros hábitos— proviene en gran parte del inconsciente: de nuestros padres, del entorno, de la cultura.

Lo que aprendimos por repetición es lo que nos parece normal, correcto, incuestionable.

Hoy quiero pensar por mí misma.

Deseo elegir algo distinto y, además, sostenerlo día tras día. No es sencillo.

Nuestro altar

Tal vez sea mi mayor acto de rebeldía: no elegir la vida que vivieron mis padres ni cumplir sus sueños; salirme del molde; empezar a decidir qué horas son para cada cosa y darle otro ritmo a mis días.

“Tu mayor error no esa haber hecho malas elecciones de manera intencional ¡Ni hablar! Eso sería fácil de arreglar. Tu mayor equivocación ha sido elegir como un sonámbulo. La mitad de las veces ni siquiera eres consciente de estar eligiendo un camino Darren Hardy, p. 44

Llevo años intentando consolidar la escritura como un hábito.

Aunque he avanzado, no ha sido al ritmo que yo quisiera.

Ha sido un camino de idas y vueltas: iniciar, soltar, volver a intentar.

Un deambular entre escribir y sentirme plena; escribir y sentir culpa por dedicarme tiempo; escribir y sentirme ridícula por “malgastar” energía y dinero; o no escribir, convencida de que no es tan importante y no merece atención.

Lo cierto es que antes de ver un hábito consolidado, casi siempre aparece la frustración. Llega el cansancio, la soledad, el sinsentido, el aburrimiento.

Y ahí es donde suelo abandonar.

Y, algunas veces, está bien abandonar.

Lo hago porque la vida no es lineal ni monótona: hay imprevistos, sorpresas, cambios.

Yo tampoco soy la misma todo el tiempo.

Hay partes de mí a las que no les hace sentido lo que eligen otras de mis versiones. La historia de mi vida es cambiante, como la luna, y... también se mueve en espiral.

Aunque me tome un respiro por un tiempo hay algo en mí que me reclama volver de la pausa a mis hábitos poderosos.

No es la disciplina: es la memoria del bienestar. Es el recuerdo de sentirme de maravilla cuando llego a ellos.

Es el deseo de volver a sentir a la mujer que amo ser. 

He comprendido algo esencial: mi mayor fortaleza no es la constancia perfecta, sino volver.

Elegirlo otra vez e iniciar de nuevo.

Sólo abandonas y pierdes lo ganado cuando no regresas jamás.

El mejor día para iniciar no es enero, ni el lunes, ni cuando todo esté en orden.
El mejor día para volver siempre es hoy.

Tal vez no se trata de fuerza de voluntad, sino de devoción cotidiana.

“Somos lo que hacemos repetidas veces” Aristóteles

En mi práctica de yoga

Más que magia: la disciplina como devoción cotidiana

¿Sabes lo que es la sádana? En el yoga se llama así a la práctica espiritual cotidiana. A esos hábitos que sostienen el espíritu, no para lograr algo, sino para habitar una realidad más amorosa, bondadosa, alegre y en paz.

Con los años he entendido que no basta con cuidar el cuerpo. También es necesario cuidar la percepción con la que miro el mundo: la forma en que interpreto lo que me sucede, la energía desde la que respondo. Sentirme en paz, abundante o dichosa no es un estado permanente: es una práctica diaria.

La sádana es para el alma lo que el ejercicio es para el cuerpo.

Ya no subestimo hasta dónde puede llevarme un hábito. Me he convertido en mujeres distintas cuando los hábitos han hecho su magia en mí.

Para mí, fue dedicar una hora al movimiento lo que abrió el camino. Después llegó el silencio a través de la meditación. Más tarde, la escritura.

Y con el tiempo, algo profundo en mí se ordenó. No solo cambió quien era: cambió la realidad que habitaba.

No importa lo pequeña que parezca la acción:

tomarse un minuto antes de dormir para agradecer,

meditar quince minutos,

leer dos páginas al día…

Es fácil solo si lo haces.

El poder de cualquier elección está en la constancia; la magia, está en la repetición.

No se trata de que llegue un resultado.

En realidad, estoy gestando a una mujer nueva.

No sé cuánto tiempo me tome, pero al cabo de meses —o años— miro atrás y veo cómo he dejado mi antigua piel atrás.

Lo más bello es que no puedes anticipar cómo te transformará: esa versión de ti habita en el territorio de lo que aún no sabes que no sabes.

A finales del año pasado dejé de realizar varias de las prácticas que componían mi sádana.

No fue inmediato, pero lo noté: mi mirada se volvió más opaca, mi energía más dispersa.

Perdí poder en mi magia.

Porque lo ganado no es algo que se acumule: es algo que se sostiene. No hay finales felices, solo coherencia o desconexión.

Mi ser afecta lo que hago; lo que hago afecta lo que soy. Cómo trato a mi cuerpo influye en lo que siento, y lo que pienso se manifiesta en la carne.

Todo está tejido.

Ella sale a saludar 

Lo que soy es lo que hago repetidas veces, y lo que hago repetidas veces depende de lo que soy.

Sabía que debía volver a mis rituales, pero me quedé congelada en una apatía que se parecía mucho a la pereza, aunque no lo era.

Me escudé en que estaba enferma y en el regreso de mi madre al hospital.

Hoy, al mirar hacia atrás, sé que estaba bajo el influjo de Perséfone en el inframundo. A veces, los arquetipos son la forma más honesta que tengo de comprenderme.

Saber que necesitaba volver no fue suficiente para hacerlo… hasta que dolió demasiado.

Para eso sirve el sufrimiento: para señalar el camino. 

Finalmente, algo —o alguien— en mí comprendió que no podía atravesar ese momento sin regresar a lo que me sostiene.

No por obligación, sino por coherencia.

Volver a mi sádana era la única forma de mantenerme fiel a la mujer que amo ser.

Después de haber probado las versiones más luminosas que existen en mí, ya no me conformo con menos.

Cuando todo marcha bien durante mucho tiempo, solemos abandonar justo aquello que nos llevó hasta ahí.

Y entonces, todo se desajusta.

Y entonces me pregunto:

¿Quién sería yo si elijo esto cada día?
¿Quién sería yo si bailara a diario?
¿En quién me convertiría si escribiera un día sí y al otro también?
¿Qué mujer nacería si me encontrara con mis amigas cada semana?
¿Cuánta sabiduría alcanzaría si dejara de postergar mis retiros de silencio?
¿Cuánta vitalidad liberaría si atendiera, con honestidad, lo que necesito?
¿En qué ser humano me transformaría al elegir una vida sencilla y lenta?


La foto favorita de mi cumpleaños

Tal vez el verdadero efecto compuesto no sea el éxito,

sino todas las mujeres que se van gestando

cada vez que elijo volver.

   

 





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