MARÍA MAGDALENA

 

María Magdalena

"La historia que otros contaron sobre ella terminó convirtiéndose en la historia que todos creyeron. Y entonces me pregunté cuántas historias también he creído sobre mí."

En un momento difícil de mi vida, hace muchos años, me fui sola al cine tratando de escapar, por un par de horas, de la encrucijada en la que me encontraba.

No recuerdo qué película pensaba ver.

Pero, mientras hacía la fila para comprar la entrada, escuché a la pareja que estaba delante de mí hablar sobre María Magdalena.

Me dio curiosidad.

Entré a verla.

Ese fue mi primer encuentro con ella.

Recordar estos momentos es lo que me da tanta confianza en la vida. Atesoro estas Diosidencias como las gemas más valiosas de mi camino.

Durante mucho tiempo escuché que María Magdalena era una prostituta arrepentida.

Lo creí.

Esta es la película

Nunca me pregunté de dónde venía esa historia. Tal vez porque lo supe en una época de mi vida cuando daba por sentado todo lo que las figuras de autoridad y la televisión decían.

Simplemente acepté esta verdad.

Hasta que redescubrí a esta mujer en esa sala de cine y me di cuenta de una historia diferente. Eso fue hace ocho años. 

Y hoy vuelvo a descubrir algo que me dejó en silencio.

No existe un solo texto bíblico que afirme que María Magdalena fue prostituta. La historia que todos conocíamos no estaba escrita.

¿Entonces de dónde salió la prostituta?

La explicación más aceptada es que esa identificación surgió a partir de una homilía del papa Gregorio I, en el año 591 d. C., donde unificó distintos personajes femeninos de los Evangelios.

Esa interpretación fue repetida durante siglos, hasta que en 2016 el papa Francisco elevó la memoria litúrgica de María Magdalena al mismo rango que la de los demás apóstoles.

En realidad, la prostituta no existe en ninguno de los textos bíblicos, se habla en el evangelio de Lucas de la “mujer pecadora” que unge los pies de Jesús, pero no se especifica cuál es su pecado.

¿Quién fue María Magdalena?

He escuchado muchas versiones de quien fue y de su vínculo con Jesús. Hoy, ya no quiero que otros me digan quién era María, es por eso que yo decidí quien era ella para mí.

Una discípula.

La discípula que mejor comprende las enseñanzas de Jesús.

La discípula que hace más preguntas a Jesús.  

Una mujer elocuente.

Una mujer cuya autoridad espiritual provoca tensiones con algunos discípulos. 

La mujer que permaneció cuando otros huyeron.

La mujer que sabe cuándo y dónde buscar.

Una amante que siguió buscando, incluso, cuando ya no había esperanza.

La que reconoce cuando es llamada por la vida.

La que escucha su nombre.

La primera en reconocer al Resucitado.

La que sabe rendirse para dejarse atravesar por la verdad.

La mujer que anuncia la verdad de lo que ha visto y escuchado sin importar el riesgo.

La tradición llegó incluso a llamarla la apóstol de los apóstoles.

Otros la han reconocido como la consorte de Jesús.

¿Y tú?

¿Qué historia eliges creer acerca de ella?


Se caen todas las falsas verdades

Al descubrir estas nuevas historias sobre ella ocurrió algo inesperado.

Dejé de preguntarme quién era María Magdalena.

Comencé a preguntarme quién era yo.

Porque comprendí que tal vez llevo toda una vida creyendo historias que jamás me detuve a verificar.

Historias acerca de ser mujer.

Historias acerca del amor.

Historias acerca de Dios.

Historias acerca de lo masculino.

Historias acerca del placer.

Historias acerca del cuerpo.

Historias acerca de mí.

Todas las verdades que nunca me cuestioné son apenas una posibilidad.

Una forma de interpretar la realidad.

Solo cuando las paso por el fuego del cuestionamiento, y sobreviven, las llamo mi verdad... por ahora.

Quizá por eso María Magdalena me conmueve tanto.

Porque ella representa la posibilidad de salir de una historia heredada para entrar en una verdad descubierta.

Entonces me pregunto...

¿Cuántas veces también yo he reducido mi vida a una historia que no me pertenece?

¿Cuántas veces me he definido por una interpretación en lugar de por una experiencia?

Quizá no soy la mujer insegura.

Quizá solo aprendí esa historia.

Quizá no soy la complaciente.

Quizá solo creí que ese era el precio del amor.

Quizá no soy la fuerte.

Ni la débil.

Ni la buena.

Ni la difícil.

Es una historia desde la que aprendí a mirarme.

Y si fue aprendida...

También puede desaprenderse.


Cuando eres llamada por tu verdadero nombre.

Hay una escena del Evangelio que no deja de acompañarme.

María Magdalena está llorando frente al sepulcro.

Busca un cuerpo.

No encuentra nada.

Jesús se presenta frente a ella, pero ella cree que es el jardinero, no lo ve. Hasta que escucha una sola palabra de él.

—María.

Y entonces lo reconoce.

Pensé que aquel era el momento en que ella reconocía a Jesús.

Hoy creo que también fue el momento en que se reconoció a sí misma.

No porque alguien le dijera quién debía ser. Sino porque escuchó la voz que pronunciaba su verdadero nombre.

Tal vez no podemos reconocer a la divinidad hasta que no nos reconocemos a nosotros mismos.

Estamos en nuestro camino buscando quién nos llame por nuestro verdadero nombre, nos reconozca y nos diga quien somos. 

Pero ese llamado solo llega en el silencio, porque esa voz está en nuestro interior. 

Quizá ese sea el camino espiritual más profundo.

No seguir acumulando más respuestas.

Vaciarme de las historias que heredé.

Dejar de defender identidades.

Dejar de identificarme con cada arquetipo que habita en mí.

Y aprender a escuchar.

Porque solo cuando dejo de confundirme con las historias aparece un espacio donde algo nuevo puede ser dicho.

Allí nace la verdadera pregunta.


¿Qué nombre pronuncia hoy la Vida sobre mí?

No el nombre con el que aprendí a sobrevivir.

No el nombre que otros me dieron.

No el personaje que construí para ser amada.

Mi verdadero nombre.

Eso es a lo que María Magdalena me invita.

Ella no representa a una prostituta arrepentida.

Tampoco representa a una santa perfecta.

Representa a una mujer que fue liberada de una historia para poder escuchar una verdad.

Y esa verdad terminó convirtiéndose en una misión.

Llegó llorando. Salió anunciando la Vida.

Eso pasa cuando eres un buscador, cuando entras a una sala de cine sin un camino y sales con la claridad para dar el siguiente paso.

Quizá todos estamos llamados a recorrer ese mismo camino: dejar de repetir quiénes creemos ser, guardar silencio y aprender a escuchar el nombre con el que la Vida nos llama.

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