SATÁN-YEHUDA BERG
Satán
Lo que
descubrí sobre el ego, el deseo y la fe
mientras aprendía a creer en mí.
Sigueme en mi cuenta de Instagram, @loquemedijounlibro
¿Sabías que la palabra hebrea
Satán significa "el adversario"?
Supuse que Satán era la personificación de la maldad en el universo.
Pero al
descubrir el significado original de la palabra me surgió una pregunta:
¿El adversario de quién?
También di por sentada la
existencia histórica de Jesús, hasta que leí Herejía, de Catherine Nixey, donde esa
certeza es cuestionada con argumentos y evidencias muy bien construidos.
No pretendo abrir un debate
religioso ni convencer a nadie de una postura. Lo verdaderamente valioso que
obtuve de esas lecturas fue otra cosa: un cambio profundo en la manera de
comprender estos símbolos. Esa comprensión terminó de tomar forma al leer Biografía
de la luz, de Pablo dOrs.
Entonces entendí que los nombres
—Jesús y Satán— quizá no son lo esencial.
Y los nombres no son la verdad;
apenas la señalan. Son flechas que apuntan hacia una verdad mucho más profunda.
Lo importante no es quedarse atrapado
en la discusión sobre qué ocurrió realmente o qué puede demostrarse
históricamente. Tampoco en defender una creencia o refutar otra.
Lo importante es preguntarme:
¿Estoy viviendo desde el amor -Jesús- o
desde el miedo -Satán-?
Escuché una frase que desde entonces me acompaña: «Una
vida que no se examina no merece ser vivida.»
Preguntar, para mí, dejó de ser una opción y se convirtió en una responsabilidad con mi propia vida para mantener la autoevaluación.
Y con este libro llegó otra pieza de comprensión:
también tenemos derecho a exigir respuestas verdaderas.
No estamos condenados a vivir eternamente en la duda. El
buscador tiene derecho a comprender.
Solo necesita sostener la pregunta el tiempo
suficiente... y permanecer abierto a aquello que la vida quiera revelarle.

Presentándome al mundo.
El único
adversario está dentro.

Estas fueron mis lecturas
mientras atravesaba un gran momento para mí.
Había decidido llevar mis
círculos de mujeres a una experiencia más grande: un retiro de dos días.
Eso implicaba algo completamente
nuevo para mí.
Mostrarme.
Llevar mi propuesta a personas
que no me conocían.
Hablar frente a una cámara.
Guiar un encuentro virtual.
Vender aquello que había nacido
de mi corazón.
Exponerme.
Ya había facilitado otros
retiros. Pero Mujer, Alma y Ciclo era distinto. Era mío.
Puedo compararlo con el
nacimiento de Izotal Bioluxury Hotel. Otra vez estaba atravesando la
incertidumbre de traer algo nuevo al mundo.
Le compartí mis dudas a un amigo.
Me escuchó con atención y, al comprender exactamente lo que estaba viviendo, me
recomendó un libro:
Satán.
Llegó en el momento preciso.
Al leerlo se fue revelando el
origen de mi dolor: mi ego.
Estaba desbaratando el personaje
que había tejido por tantos años: abogada, empresaria, una mujer de resultados.
Por fin estaba dejando ver afuera
la que había sido en mi interior durante tanto tiempo, esta versión de mí que
sólo mostraba en lugares seguros.
Mostrarla al mundo se sentía
profundamente vulnerable.
Además debía reconciliarme con la
imagen “perfecta” que había construido en redes sociales. Elegía cuidadosamente
qué fotografías publicar. Qué videos mostrar. Cómo
verme.
Pero comprendí algo.
Si realmente quería dar este paso
—y sí, lo quería— entonces debía mostrarme real, no perfecta.

En mi primer encuentro virtual
Escuchar los
deseos de mi corazón dolía.

En el libro encontré una idea que
me atravesó: Existen dos maneras de conocer el dolor de este mundo, a través de
la aniquilación de tu ego o de infringirle dolor a tu cuerpo y a tu alma.
Antes sacrificaba mi cuerpo para
proteger a mi ego.
Durante meses me he dedicado a aprender
a escuchar mi cuerpo, para impedir que la tiranía del ego lo enferme en su búsqueda
de la aprobación del mundo.
Ahora comprendí algo más: por
evitar que mi ego sienta dolor, he terminado sacrificando los auténticos deseos
de mi alma.
Fue justo cuando me reté a romper
mi molde y atravesar una expansión de identidad real, cuando aparecieron las
dudas y mis sombras.
Esto me incomodaba, por decirlo
menos, y ya lo había vivido antes: Cuando di mis primeras conferencias. Cuando
guié mis primeras prácticas de yoga. Cuando publiqué mis primeros escritos.
Durante mucho tiempo estos
proyectos sólo vivían en mi interior.
Los estaba gestando, aunque yo no
me estaba dando cuenta de qué eran. Muchas veces parecían no ser nada, solo
vacío.
Y ahí aparecía la primera entrada del ego.
La que susurra:
"No estás haciendo nada" o “Es imposible”
“¿Por qué no vuelves a hacer
aquello que ya sabes hacer?”
De repente, un día, todo toma forma y lo reconozco. Ese momento es muy hermoso, en el que veo hacia atrás y cada paso cobra sentido. Comprendo qué era aquello que quería nacer.
Me pongo en acción para darle materia a lo intangible.
Llega el parto.
![]() |
| Dar vida a nuestro sueño |
Y el ego vuelve.
Una vez más intenta devolverme a
lo conocido.
Me ata las manos con dudas.
Me cierra la boca con miedo.
Quiere impedir que salga del
escondite.
Que muestre aquello que realmente
amo.
Comprendí que lo que me agota es
la fricción del ego, esa resistencia interna en cada paso. Esa fuerza que hace
que una acción sencilla demande cantidades absurdas de mi energía.
Mi ego tiene muchos disfraces
-los voy a ir desenmascarando en este escrito- Pero su favorito es el
perfeccionismo.
"Todavía no estás lista."
Cuando ese argumento deja de
funcionar, aparece otro.
“No es lo suficientemente
valioso”
Y si tampoco consigue
detenerme... juega su última carta.
La vergüenza.
"Qué ridícula eres."
Ese es Satán, es esa fuerza que
primero te impide reconocer que hay algo muy valioso en ti.
Y cuando por fin le pones nombre
a tus dones, y descubres tu propósito… hace todo lo posible por impedir que lo
entregues al mundo.
Entonces el desafío deja de ser encontrar tu voz.
El verdadero desafío... es permitir que otros la escuchen.
Pero no estoy sola.
Hay otra fuerza que me alienta en cada paso. Que me llena de pasión y de deseo por continuar. Y me recuerda por qué hago todo esto.
El servicio.
Porque quizá... hay alguien al otro lado
esperando exactamente el mensaje que solo yo puedo entregar.

¿Sacrificar el
cuerpo por el alma?

Si has leído mis otros escritos, sabrás que la ansiedad
ha sido uno de mis temas recurrentes. Durante mucho tiempo sentí que estaba
fuera de mi control y que teñía mi vida de gris.
Mi objetivo por mucho tiempo fue liberarme de ella. Por
eso, mi prioridad pasó a ser regular mi sistema nervioso.
Cuando la ansiedad drenaba toda mi energía, no había
lugar para nada más. Pasaba algunos meses sintiéndome bien, apenas el tiempo
suficiente para recuperar el aliento… y entonces volvía.
Me volví selectiva con todo. Cuidaba mi sistema nervioso
con pinzas, procurando no desregularlo. Esto requirió mucha conciencia y
constancia, porque ya no estaba dispuesta a sacrificar mi bienestar por nada.
Entonces los deseos de mi corazón comenzaban a hacerse
cada vez más fuertes, como el retiro de mujeres del que te hablé. Sé que seguir
estos llamados me hace profundamente feliz, pero, al mismo tiempo, altera por
completo la regulación de mi cuerpo.
Muchas veces me he sentido viviendo en una encrucijada.
Como si tuviera que sacrificar mi cuerpo —atravesando ansiedad, insomnio e
incertidumbre— para poder crear lo que mi alma anhela.
Y, sin embargo, sé que al final, sin excepción, siempre
me he sentido profundamente dichosa de haberlo hecho.
¿Será que el final feliz compensa el proceso incómodo?
Amo mi cuerpo y él me ama a mí.
Hace unos años jamás habría podido escribir esa frase.
Pero también sé que no quiero vivir una vida centrada
exclusivamente en evitar desregular mi sistema nervioso.
Quiero vivir. Con mayúsculas.
Y parte de vivir es atreverme a lo nuevo.
Expandir los límites de quien creo que soy.

Creando contenido por primera vez
¿Debo elegir
entre comodidad o expansión?

Hoy deseo crear desde otro lugar.
Ya no quiero que el proceso de dar vida a algo nuevo sea
doloroso. Además de necesitar mucho tiempo para recuperarme entre un proyecto y
otro, ya no creo que el sufrimiento sea un requisito para crear.
Deseo liberarme de la creencia de que todo nacimiento
debe doler. De que cada encuentro con mi ego tenga que convertirse en una batalla.
En el retiro de Mujer, Alma y Ciclo quise mostrarme el un
nuevo camino.
Me propuse algo muy simple:
No darle ni un poco de mi energía a la duda, a la
perfección ni a la vergüenza.
Además, escuché a mi cuerpo como nunca antes. Justo esos
días me contagié de gripa, y el reto se volvió todavía más grande.
He aprendido a relacionarme con la ansiedad desde otro lugar. En realidad, con todo aquello que incomoda o duele.
Ya no lucho contra ello intentando hacerlo desaparecer. En lugar de eso, me enfoco en hacerme el camino más fácil. La ansiedad todavía me visita de vez en cuando, pero ya no tiene el peso que antes le daba. Ha dejado de dirigir mi vida.

Con mi tribu
No hacerlo sola

Lo que realmente hizo la diferencia fue no hacerlo sola.
Miré a los ojos a mi red de apoyo y les dije: "Esto
es importante para mí. Los necesito."
Y fue mágico.
Este es otro de los grandes regalos que me he dado en los últimos años: tejer y aprender a sostenerme en mi red de apoyo.
Hoy esa red es más grande que nunca.
Es la primera vez en mi vida que tengo una tribu, y se ha
convertido en uno de mis mayores tesoros.
Todo comenzó a fluir. Incluso, ¡llegó a ser divertido!
Me sentí profundamente bendecida por las personas que me
rodean y por la manera en que su amor sostuvo este sueño.
Es verdad que Satán seguía apareciendo, sembrando dudas y
alterando mi sistema nervioso. Pero dejó de ser quien dirigía el camino. Esta
vez era yo quien estaba al mando; él iba de copiloto.
Leí una frase en el libro que me conmovió profundamente:
"Ustedes hacen que los milagros ocurran cuando
vencen las leyes de su naturaleza egoísta."
Yo estaba venciendo mi naturaleza egoísta.
Porque:
Egoísmo también puede ser no pedir ayuda.
Es ocultar lo que realmente me importa.
Es esconder lo que me duele.
Es no mostrarme vulnerable por querer conservar una buena
imagen.
Es creer que puedo con todo yo sola.
Es creer que crear necesariamente tiene que doler.
Mi alma, en cambio, me conduce hacia lo suave, lo
sencillo y lo placentero. Porque expandirse también puede ser profundamente
delicioso.
![]() |
| Disfrutando en mi creación |
El propósito deja de buscarse con la mente y comienza a revelarse allí donde el alma descansa de manera natural.
Eso fue lo que viví durante esos dos días de retiro.
Sentí que me graduaba en una nueva forma de crear. Dejé de creer que todo dependía de mí y permití que la vida hiciera su parte.
Por primera vez permití que los momentos fueran
exactamente lo que necesitaban ser.
Y el resultado fue mucho más hermoso de lo que había
imaginado.
Al soltar el control y confiar en que el mensaje era
suficientemente poderoso por sí mismo, comprendí que las cosas ya no sucedían
gracias a mí.
Simplemente sucedían a través de mí.
Tengo la certeza de que cada mujer que participó regresó
a casa con algo transformado en su interior.
Y eso, para mí, ya es un milagro.
¿Debo elegir entre comodidad o expansión?
Hoy mi respuesta es: sí... aunque cada vez un poco menos.
Todavía salir del personaje que construí duele. Mi ego se
resiste y esa resistencia aún se refleja en mi cuerpo y en mis emociones.
Pero también tengo la evidencia de que estoy caminando
hacia otra manera de expandirme.
No quiero dejar de expandirme. Solo quiero dejar de
hacerlo peleando conmigo.

La primera vez en una sesión de fotos.
Lucifer.

Lucifer proviene del latín y significa «el que trae la
luz».
Qué dato más curioso, ¿verdad?
El dolor del ego me muestra mis sombras. Si no caigo en
la trampa del victimismo o del narcisismo, ese dolor funciona como una
linterna: ilumina aquello que todavía me estoy ocultando sobre mí misma.
He comprendido que mi verdadera sombra no está en los
"defectos" que ya he reconocido. Esos ya están iluminados. Y, si
puedo verlos, también puedo hacerme responsable de ellos.
La sombra es aquello que todavía no soy capaz de admitir.
Esos rasgos de mi ego que permanecen ocultos incluso para
mí.
Por eso, buscar a Satán en mis vínculos y en cada
situación, en lugar de quedarme fascinada con la imagen luminosa que tengo de
mí misma, es lo que verdaderamente me acerca a mi propia luz.
Como dice el autor:
“Admite tus faltas, expón tu ropa sucia y revela tus
secretos más oscuros. Si puedes hacerlo, no dejarás ningún lugar en el que
pueda ocultarme” Pg 58.
Detenerme a contemplar lo buena que soy no me expande.
Eso también puede convertirse en otra forma de alimentar al ego. Durante mucho
tiempo creí que lo estaba haciendo muy bien. Y esa fue precisamente la razón
por la que dejé de crecer: ya no veía nada que transformar.
Incluso el deseo de caminar únicamente hacia la luz, de querer
ser cada vez más y más "buena", es en realidad otro aspecto del ego.
Hoy ocurre lo contrario. Veo a Satán surgir una y otra
vez. Y, curiosamente, eso ya no me lleva a condenarme. Sé que esa voz no soy
yo. Es mi adversario.
Y lo más fascinante es haber comprendido que nunca me veo
por completo. Hay mucho de Satán operando en las sombras, pero también hay
mucha luz escondida allí.
Dones, talentos y posibilidades que por ahora aún no puedo
reconocer en mí.
Cada vez me inclino más a creer que, en mi sombra, hay más
luz de la que imagino.
![]() |
| Imagen de mi presentación |
Nos cuesta creer en la grandeza que ya habita en nosotros, porque entonces tendríamos que mostrarla al mundo.
Mi tarea es llevar luz sobre aquello que todavía no
quiero reconocer: lo feo, lo retorcido, lo desagradable, lo débil. Pero también
a: lo bueno, amoroso y compasivo que puedo aportar al mundo.
Muchas veces he reconocido a Satán en otras personas,
también he podido reconocer la bondad, la belleza y sus cualidades.
Y sé que puedo verlo frente a mí porque ya lo he
descubierto en mi interior. Puedo leer un gesto, una mirada, una frase, o
postura corporal. Conozco ese lenguaje porque durante mucho tiempo también fue
el mío.
Puedo hacerlo porque eso también habita en mí.
Puedo sentirme superior o inferior, pero eso es volver a
caer en otro juego del ego. Ahora prefiero hacerme una pregunta distinta:
¿Qué me falta ver en mí para que esto siga apareciendo en
mi realidad?
Porque, a estas alturas de mi camino, cada vez estoy más
convencida de que la transformación comienza en el lugar más difícil de mirar: mi
propio interior.
Tal vez la razón de Lucifer, y de lo que llamamos camino espiritual, no sea fabricar más luz, sino retirar aquello que nos impide experimentarla.
Sentir el amor y bondad que ya somos, atreviéndonos primero a
reconocer nuestras sombras.

Jugando con la IA
Las dos fuerzas:
Jesús y Satán

Hoy siento que Jesús y Satán son los nombres que hemos
dado a dos fuerzas que también habitan en nosotros y en el universo.
Una es la vibración del amor incondicional. La
experiencia de saber que pertenecemos al todo. Es la fuerza de la compasión,
del servicio y de nuestra verdadera esencia.
La otra fuerza es el egoísmo e individualismo. La ilusión
de creer que estamos separados, que somos dueños exclusivos de la verdad. Es el
buscar constantemente el beneficio individual por encima de todo.
El poder de nombrar a Satán es darme cuenta del juego, y poder así poner distancia entre ese impulso egocéntrico que opera en mí por default.
Mientras no pueda observar al
ego como algo ajeno a mí, no le ganaré el juego: elegir realizar actos con
total desinterés.
He experimentado un gozo muy profundo fruto de esos actos
de servicio desinteresado.
El autor lo expresa así:
“Pero si no permites que el ego experimente el 100%
del dolor, nunca llegarás a experimentar el 100% del placer.”

Celebrando
Dios no me
premia.

Con el tiempo comprendí que el ego también fabrica su
propia idea de Dios: un dios que juzga, que premia y castiga; un dios que
compara y evalúa. Un dios hecho a la imagen y semejanza del ego.
Porque el ego también es esa necesidad constante de
compararme con otros para verificar mi valor, según lo haga mejor o peor. Rebotar
como una bola de un extremo al otro: sentirme buena… sentirme mala.
He corrido en esa rueda, intentando ganarme las
bendiciones de dios y ahorrarme el dolor de desagradarle.
Lo único que obtengo de eso es desconectarme de Dios.
Qué paradójico resulta: correr hacia aquello que anhelo y
descubrir que, precisamente por correr, me estoy alejando de ello.
Deseo dejar de conectarme con la energía de Satán, la que
me hace sentir insuficiente, no merecedora e incorrecta.
Y elegir, una y otra vez, conectar con otra conciencia
—podría llamarla conciencia crística—, un estado de unidad, amor y compasión.
Una forma de inteligencia que ya no necesita compararse
para comprender el mundo ni para comprenderse a sí misma.
Una inteligencia que no mide.
Siente.
Porque es sintiendo donde me siento más viva. Más libre. Más
expansiva.
En este libro fue la primera vez que escuché definir a
Dios como «abrumadoramente delicioso».
Y, para mi sorpresa, esa expresión describía exactamente
lo que yo había empezado a experimentar.
Es por ello que cada vez que alguien me pide un consejo,
termino diciéndole lo mismo:
Fortalece tu espiritualidad.
Algunas personas parecen desilusionadas cuando se los
digo. Esperan una estrategia, una técnica o
una solución más concreta.
Es difícil creer que esa sea la clave para encontrar
satisfacción en cualquier área de la vida. Yo también lo habría dudado hace
algunos años.
Pero hoy hablo desde mi propia experiencia.
Hace apenas tres años descubrí mi dimensión espiritual y, desde entonces, nada me ha dado una alegría más
profunda.
En realidad, nada ha sido tan abrumadoramente delicioso.
El autor escribe:
“Dios es una Fuerza brillante y omnipresente de
energía ilimitada. Punto.” … “No hay nada negativo, ni malo, ni enjuiciador en
esta Fuerza. Nada.” Pg. 101
Entonces me hice una pregunta.
Si puedo aceptar que Dios no castiga...
¿podría aceptar también que Dios no premia?
Puedo dejar de esforzarme y sacrificarme por demostrarle
a ese ser invisible cuán buena soy.
En lugar de eso, puedo regalarme desde ya esos sueños y
deseos que durante tanto tiempo reservé en el estante más alto, convencida de
que solo podría dármelos cuando, por fin, me hubiera convertido en alguien que
los mereciera.

Él me sostiene
Saber más que
Dios

Cuando sucede algo que no me agrada, me descubro
pensando:
“No debió suceder así”
“No debió enfermar”
“No debí fracasar”
Entonces me doy cuenta de que esa también es una voz del
ego.
La parte de mí que cree saber qué es lo mejor para mi
vida.
La que, en el fondo, pretende saber más que Dios.
El autor escribe:
“Esto es así porque sólo el creador tiene la
perspectiva para saber tu verdadero propósito y para ayudarte a lograrlo.”
En lugar de lamentarme porque la realidad no se ve como
yo había querido, intento volver a una pregunta mucho más sencilla:
¿Qué desea mi corazón ahora?
La vida me guía en cada instante. Empiezo a comprender que esa guía es, en realidad, muy simple.
El deseo es la brújula.
La confusión aparece cuando llamo
deseo a lo que no lo és, a mis expectativas o a la ilusión de aquello que me hubiera gustado que
sucediera.
Sólo un deseo
en cada instante me impide confundirme.
Solo hay un paso por dar. El de este momento.
Es lo más claro y fácil.
Me ha parecido muchas veces que seguir mi deseo no tiene
ningún sentido. Y, aun así, lo he seguido, sin entender. He descubierto que es
justo cuando más necesitaba seguirlo, porque se trata de darme lo que aún no
sabía que necesitaba.
Puede sonar muy místico.
Pero casi siempre se manifiesta de maneras muy sencillas.
Ahora deseo beber agua.
Ahora deseo escribir.
Ahora deseo estirarme.
Ahora deseo salir a caminar.
Ahora deseo pagar las cuentas, lavar los platos, cocinar…
Seguir el deseo muchas veces se parece muy poco a lo que imaginaba.
Por ejemplo: mi deseo me dice que pase menos tiempo con mi mamá. Es fuerte y claro. Pero mi jueza interna me dice que es incorrecto. Y, sin embargo, empiezo a comprender que ese también puede ser el camino hacia el deseo más profundo de mi alma: cuidarla desde el amor, la paciencia y no desde el sacrificio.
Lo difícil es no dejar que el ruido de los
"debería" silencie el deseo. “Quiero hacer esto, pero debería hacer
lo otro.”
Muchas veces me descubro tomando decisiones para una
mujer imaginaria. Una mujer que aún no existe y que, quizá, nunca llegará a
existir.
Mientras decido en función de lo que quizá pase mañana o
de lo que imagino que voy a querer después, dejo de escuchar a la mujer que sí
está aquí.
No significa que haya dejado de planear. Significa que aprendí a dejar la puerta abierta para
cambiar de dirección según quien soy en cada instante.
En otras palabras:
fluir.
Cada momento trae consigo un deseo genuino.
Por eso siento que alimentar mi espiritualidad también
consiste en alimentar mi capacidad de conectar con mi deseo genuino.
No hablo solo de los deseos superficiales: dinero, reconocimiento,
poder o conocimiento.
Detrás de ellos suele estar un anhelo mucho más profundo:
Sentirme amada.
Valiosa.
Suficiente.
Suelo buscar de maneras en las que nunca podré encontrarlo. Buscando en el mundo aquello que solo podía encontrar en mi
relación con Dios.
“… aquella persona que tiene el tipo
de deseo que le lleva a hacer algo exclusivamente
por el bien de otra persona, esa persona es el amo y señor del universo.” Pg.
159.
No hablo de hacer lo que me provoca. Hablo de escuchar la dirección más viva del alma en este momento.

Celebrando el solsticio
Sé fiel a tu
mensaje.

Después de caminar detrás de tus deseos
llega un momento en que el panorama comienza a despejarse.
Descubres tu propósito. Tu
mensaje. Lo que está vivo en ti y te llena de sentido. Descubres quién eres.
Es un momento de gran
responsabilidad y oportunidad.
Porque una y otra vez la vida te
pondrá frente a una elección.
Ser fiel a esa verdad que has
descubierto o traicionarla para agradar, encajar, lucir bien, conservar el poder,
el dinero o la aprobación de los demás.
Cada vez que actúo desde el miedo y traiciono mis valores para proteger a mi ego, dejo de ser un canal para la vida. Impido que aquello que desea manifestarse a través de mí encuentre su camino.
Entonces sé que ha ganado el ego.
O puedo elegir encarnar mi
verdad, aunque eso implique, el rechazo, la indiferencia, el ridículo, o perder
aquello que antes creía indispensable.
No quisiera sonar pesimista, pero
mi experiencia me dice que no siempre resulta fácil.
Hay días en los que conectar con
el amor, la compasión y el servicio sucede de manera natural.
Y hay otros en los que el dolor
del ego parece mucho más fuerte.
El autor escribe:
“Cuando cambias
tu conciencia de recibir y de interés propio (yo) por una de compartir
incondicionalmente y comportamiento desinteresado (Dios), extraes la
satisfacción verdadera de la vida.” Pg. 225.
Quizá la fidelidad más importante sea hacia aquello que
sabes que estás llamada a ser.

Momentos mágicos
La incapacidad
de creer en ti.
“Yo soy la duda” Satán Pg. 199
No creer es lo más fácil. Es lo que hemos aprendido
durante toda la vida.
Aunque todos los días usamos el Wi-Fi, las ondas de radio
o la electricidad sin verlas, seguimos creyendo que solo existe aquello que
nuestros ojos alcanzan a percibir.
Comprendí que creer en mi alma, en el amor incondicional,
en La Diosa y en la magia hace que mi vida se vuelva más suave y, como diría el
autor, abrumadoramente deliciosa.
Recuerdo el mensaje bíblico que decía algo así como: si
tienes tanta fe como un grano de mostaza podrás mover montañas.
La fe no es un regalo que alguien más pueda darte. Es
algo que se elige una y otra vez.
Lo peor es que antes me ufanaba de ser muy lógica y
racional. Me parecía una virtud ser escéptica. Escuché calificar de “débiles
mentales” a quienes creían en algo, y aunque no lo dije, yo compartía esa
afirmación.
Hoy siento que dudar de todo también puede convertirse en
una forma de debilidad. En mi opinión es lo cómodo.
Creer en el dinero, en lo material, en la ganancia
personal y en lo que nos da ventaja es lo que hacemos por default. Estas son
las leyes de nuestra naturaleza egoísta. Es por eso que el autor dice que cuando
logramos vencerlas se obra un milagro.
He tenido que dedicar mucho de mí para atravesar el velo
de la desconfianza en el amor. Así como en el
gimnasio fortalecemos nuestros músculos, siento que también puedo fortalecer mi
capacidad de sentir certeza en la divinidad.
Dedicar tiempo a rezar, a cantar, a conectar con la
devoción, crear rituales…
Antes pensaba, que los santos hacían todas estas acciones
porque ya sentían devoción.
Hoy creo exactamente lo contrario.
Rezamos, cantamos y meditamos para sembrar en nosotros la
semilla de esa devoción.
Lo hacemos una y otra vez sin ver cambios y resultados. Hasta
que, de la nada, un día descubrimos que realmente empezamos a creer en un
universo amoroso y bondadoso.
Es por eso que Satán no dice que provoca la duda.
Dice que él es la duda.
Tal vez creer sea uno de los actos de amor más grandes
que podemos tener con nosotros mismos.
Personalmente, deseo que cada vez más personas nos demos el permiso de abrirnos a otra posibilidad.
Que el imperio de la razón ceda un poco de espacio para reconciliarnos con la idea de que los seres humanos somos, también, profundamente espirituales.
Esa ha sido, para mí, la puerta hacia una
vida más coherente y armoniosa conmigo misma, con los demás y, más allá, con
todo lo que me rodea.
La incapacidad
de creer en ti… es la incapacidad de creer en la parte divina que habita en ti.




La profundidad con la que este escrito me llega es exuberante, tu sentir me conecta con tanto que pasa por mi vida, gracias por traer claridad a levantarme por un propósito.
ResponderBorrar