ELIMINA LA PRISA DE TU VIDA - JHON MARK COMER

 

¿Sabes lo que es la enfermedad de la prisa?

Tenía tanta prisa por vivir mi vida que estaba dejando de sentirla.

Sigueme en mi cuenta de Instagram, @loquemedijounlibro

Es esa sensación constante de que el tiempo no alcanza. Hacer todo apurada por terminar, por estar pensando en lo que sigue. 

Es la horrible idea de no tener tiempo para hacer lo que te gusta, eso que aviva el alma. 

También es cuando cualquier cambio de planes te saca de tu centro y te frustra. 

Es medir el éxito de tu día por la cantidad de cosas que hiciste y no por lo que sentiste mientras las hacías. 

Es sacrificar tu comodidad por hacer un poquito más.

Me costó bastante darme cuenta de que estaba contagiada de este patógeno. Adondequiera que mirara, el ritmo era el mismo: acelerado.

Y me costó aún más descubrir cuál era mi propio ritmo. Se me hizo muy difícil olvidar por un momento todo lo aprendido y preguntarme:

¿A qué velocidad deseo vivir?

La enfermedad de la prisa se reveló primero como una incomodidad que, día tras día, fue creciendo hasta que se hizo imposible esconderla.

¿Podré exorcizarme de esto?

Si es que lo ha impregnado todo: comer, bañarme, pasear a los perros…

No es que estuviera sufriendo. La mayor parte del tiempo era casi imperceptible. Y quizá esa sea su mayor victoria: que no me diera cuenta.

Pero mi cuerpo sí se daba cuenta.

Al final del día me susurraba la verdad en forma de tensión. Otras veces me la gritaba con dolor o ansiedad.

—Date cuenta —parecía decirme—. Hay algo que necesitas cambiar.

Cuando vi la portada de este libro, tan simple como un fondo rojo sobre el que se lee: Elimina la prisa de tu vida, fue amor a primera vista.

Le di la vuelta y encontré en la contraportada: “Cómo mantenerte espiritual y emocionalmente saludable en el caos del mundo moderno”.

No pude resistirme a llevarlo a casa.

Me sumergí en su lectura con un deleite que no deseaba interrumpir.

Momentos que se convierten en un ritual

¿Qué hay detrás de la prisa?

“Prisa: estado de esfuerzo desenfrenado en el que uno cae en respuesta a la incapacidad, el miedo y la culpa.”

—Dallas Willard

En la prisa se cae, no se elige.

Yo no deseaba andar corriendo. Cuando me di cuenta, ya no conocía otra forma de estar en el mundo que no fuera a prisa.

Este era el fármaco para no sentir.

Elegir salir de esta realidad acelerada implica aprender a lidiar con el pánico de no estar ocupada.

Porque esta, señoras y señores, no es en realidad una enfermedad del tiempo, sino del ego. Así que el remedio no es tener más horas al día, sino simplificar la existencia, aunque implique renunciar al poder y a la gloria.

Siempre deseé tener más tiempo. Y ahora, con la IA, me encontré haciendo todo más rápido.

Pero entonces me pregunté:

¿A dónde se fue el tiempo que me gané?

A lo mismo de antes.

Lo llené con más ocupaciones.

Cuanto más hago, más se extiende mi ego. Cuantas más personas me escriben, cuanto más resuelvo, más indispensable, importante e irremplazable me siento.

El ego es como el humo que busca expandirse y elevarse en un anhelo de abarcarlo todo.

Claro que el ego no quiere renunciar a nada.

Enlentecer mi vida implica, de alguna manera, ser menos “yo”. Hacerme más pequeña. Influir menos. Abarcar menos.

En palabras del libro: “Que tus asuntos sean dos o tres y no cien o mil”.

Dejar de hacer mil acciones desgastantes para concentrarme en las pocas que son realmente importantes. Pero, si estoy tan apurada, ¿cómo voy a reconocer la diferencia entre lo irrelevante y lo fundamental?

La nueva definición del éxito pareciera incluir estar ocupados y tener mucho que resolver.

No tener tiempo da estatus.

Pero ¿ese reconocimiento merece que viva con tanta prisa, desperdiciando mi vida?

Para mí, no lo vale.

Prefiero dejar morir esa imagen. Renunciar a jactarme de todo lo que hice, de lo complejo que estuvo mi día, de lo indispensable que fui.

Renunciar, incluso, a regodearme en el estatus de ser una mujer relevante.

Hoy quiero permanecer en mí y aprender a vivir en lo que realmente me importa.


Veo el ritmo de la amistad

El ritmo de la gracia

Cuando llegué a casa y comencé mi lectura, me sorprendió descubrir que el autor era pastor de la iglesia Bridgetown y que el libro estaba centrado en la vida de Jesús.

Y, honestamente, esto fue lo que más me encantó.

Una hermosa sincronía, pues, sin haberlo planeado, los últimos cuatro libros que he leído han girado en torno a Jesús. Últimamente he sentido un profundo interés por explorar mi espiritualidad, así que me vino como anillo al dedo que el eje central de este libro fuera justamente él.

Había pensado que la enfermedad de la prisa estaba afectando mi salud, pero descubrí algo mucho más profundo:

“La prisa es el mayor enemigo de la vida espiritual hoy en día.”

Cuanto más rápido va mi mente, saltando de una actividad a otra, más difícil se hace sentir mi alma.

“Si el diablo no puede hacerte pecar, te mantendrá ocupado.”

—Corrie ten Boom

No tener tiempo para las personas que amamos deteriora nuestros vínculos. Queremos sentirnos cómplices con nuestros amigos, mantener la llama encendida con nuestra pareja, cultivar la confianza con nuestros hijos… pero nuestras elecciones no siempre son coherentes con el tiempo que estos vínculos necesitan.

Porque amar requiere tiempo.

Y nuestra relación con la Divinidad no es la excepción.

Una vida sin tiempo me impide una conexión real con los demás y, sobre todo, conmigo misma, con mi propia alma.

“Hoy Satanás se ve más como un compromiso tras otro en una vida acelerada que no te deja sentirte, conocerte, conectar con Dios, con los demás, con tu alma.”

—John Mark Comer

Y es que el amor tiene su ritmo.

La sabiduría también.

La amistad también.

Y, adivina qué: no es la prisa.

Si no estoy dispuesta a bajar la velocidad para sincronizarme con el ritmo del amor, simplemente no voy a sintonizar con él.

La prisa saca lo peor de nosotros. Esto es facilísimo de comprobar.

Basta observar quién soy cuando estoy impaciente.

Cuando estoy apurada porque voy retrasada o porque tengo demasiados pendientes, me resulta casi imposible ser compasiva y amorosa. Pareciera que estoy librando una batalla contra el tiempo y que todos están empeñados en hacerme perder.

Entonces aparecen mi sarcasmo, mis gritos, mi enojo, mi violencia. 

Hacia mis hijos, mi esposo, mi madre. Hacia el extraño que me cierra el paso mientras conduzco. Hacia cualquiera que me retrase o cambie mis planes.

No hay quien se salve. 

“¿Por qué tengo tanto apuro por convertirme en alguien que ni siquiera me agrada?”

—John Mark Comer

Quizá eso sea lo que más me inquieta de la enfermedad de la prisa: no solo acelera mi vida.

Me aleja de quien quiero ser.

Me hace sentir distante de mí misma, olvidar mi verdadera identidad y perder de vista aquello que realmente me importa.

“La prisa es una forma de violencia hacia el alma.”

—John Mark Comer

Mirar durante el tiempo suficiente hasta que se revele algo más

Ritmo

Me he descubierto llevando días completamente atareados, intentando abarcar todos mis pendientes para poder retirarme a la mañana siguiente en silencio y soledad.

Creía que podía pasar de mil a cero y sentirme en armonía.

Pensaba que unas cuantas horas de quietud podían compensar una vida acelerada.

Y esos oasis de quietud me han hecho bien, muchísimo. Pero no han sido suficientes para curarme de la prisa.

Porque de lo que realmente se trata es de bajar la velocidad de toda mi vida, incluida la velocidad con la que siento y pienso.

El verdadero reto es decidir cómo quiero vivir, no solamente cómo quiero sentirme durante unas cuantas horas.

Y te lo voy a poner así: no se trata solo de la actividad que eliges, sino de la sensación que llevas dentro mientras la haces y de lo que pasa por tu cabeza.

He sentido la enfermedad de la prisa mientras escribo, mientras trabajo e incluso en mi práctica de yoga. Estoy haciendo algo que podría disfrutar, pero por dentro sigo corriendo: siento que tengo demasiado por hacer y mi mente divaga entre listas de pendientes.

Entonces llega el cansancio.

Buscas actividades que te relajen, pero no consigues sentirte completamente aliviada. Así que recurres a la distracción: una película, Netflix, las redes sociales…

Pero no estás soltando la tensión acumulada.

Simplemente te estás distrayendo de ella.

Este fue mi círculo vicioso durante mucho tiempo, hasta que comprendí que el cambio tenía que ser más profundo.

No necesitaba solamente aprender a detenerme.

Necesitaba aprender una nueva manera de vivir.

Porque no se puede huir de la prisa haciendo otra cosa o yéndose a otro lugar. Si llevas la aceleración dentro, puedes terminar transformando incluso el paraíso en un infierno.

El autor habla de “…desintoxicar mi cerebro de su adicción a la dopamina y la gratificación instantánea de una vida de velocidad”.

Así que, si deseo entrar en profunda comunión con mi alma y despertar mi conciencia crística, no bastan unos pequeños momentos de quietud.

Necesito elegir deliberadamente una vida sin prisa y aprender a honrar mis propios ritmos.

Traerme una y otra vez al presente.

Hacerme consciente de la velocidad a la que respiro, de las partes de mi cuerpo que se tensan, de la velocidad con la que camino, como, escucho, pienso... 

Elegir intencionalmente la lentitud. 

Hacer una sola cosa a la vez.

Y, sobre todo, renunciar a la idea de que tengo que hacerlo todo.

Porque ¿de qué sirve conseguir hacerlo todo si para lograrlo tengo que sacrificarme a mí misma?

Durante mucho tiempo también creí que llegar cansada al final del día era señal de haber hecho suficiente.

Hoy ese indicador me parece una mierda.

El agotamiento no demuestra cuánto hice.

Muchas veces solo demuestra que hace rato debí revisar el ritmo que llevaba.

Ir constantemente contra nuestro ritmo termina quebrándonos de alguna manera: el cuerpo, el ánimo, nuestros vínculos o nuestra capacidad de disfrutar.

Y hay algo que comienzo a comprender:

No voy a encontrarme por accidente viviendo a mi propio ritmo. Tengo que elegirlo una y otra vez.

En estos días me he encontrado practicando algunos de los ejercicios que me tracé después de terminar el libro: llegar diez minutos antes a las citas y no usar el celular mientras espero; no hacer dos cosas a la vez; elegir la fila más larga; caminar, comer y bañarme despacio; ponerle horario al WhatsApp; guardar un día al mes.

No es fácil, pero lo elijo.

Requiere compromiso, pero también puede ser divertido.

Requiere disciplina, pero también es placentero.

No lo hago perfecto.

Pero cada vez que vuelvo a correr, puedo volver a elegir mi ritmo.

Disfrutar es: estar presente

¿Tengo tiempo para seguir a Jesús?

Es aquí donde entra a escena Jesús.

Esta era la primera vez que me detenía a pensar en sus hábitos.

En la Biblia, además de sus enseñanzas, también encontramos rastros de su manera de vivir. Y comencé a preguntarme si cuando Jesús pide que lo sigamos no se refiere solamente a creer en sus palabras, sino también a aprender algo de su forma de estar en el mundo.

Silencio. Soledad. Oración. Sencillez. Pausas.

Un ritmo completamente distinto al que yo había aprendido a llevar.

Quizá este sea también el “yugo fácil” del que hablaba: una manera más ligera de caminar por la vida.

Y entonces apareció una pregunta incómoda:

¿Tengo tiempo para seguir a Jesús?

Quiero tener el nivel de conexión y claridad de mis maestros espirituales, la sabiduría de mis mentores. Quiero sentir esa profundidad que reconozco en ellos.

Pero no voy a conseguirla solamente leyendo sus libros, escuchando sus pódcast o haciendo sus cursos.

Necesito aprender también de sus hábitos.

Deseo construir mi propia espiritualidad. No depender siempre de la experiencia de otros para acercarme a lo sagrado.

Quiero escuchar fuerte y claro a mi propia alma.

Y con Jesús ocurre lo mismo.

Si quiero conectar con él, quizá no baste con interesarme por lo que dijo. También puedo observar la manera en que vivió.

En los Evangelios vemos cómo, entre más famoso y ocupado se volvía, él iba incrementando sus horas de recogimiento.    

Yo lo había entendido todo al revés.

Durante mucho tiempo imaginé a Jesús entrando al desierto para ayunar y orar durante cuarenta días y al diablo esperando pacientemente a que estuviera en su momento de mayor debilidad para tentarlo.

Pero este libro me propuso otra manera de mirar aquella escena.

La palabra griega eremos, traducida muchas veces como “desierto”, también puede referirse a un lugar desolado o solitario.

¿Y si Jesús se retiró a un lugar tranquilo para fortalecer su espíritu?  Tal vez después de un mes y medio de soledad, ayuno y oración, él sintió que se encontraba en el punto máximo de sus poderes espirituales, entonces se enfrentó a la duda y al miedo, saliendo ileso.     

Esta interpretación cambió por completo la escena para mí.

El desierto dejó de parecerme únicamente un lugar de privación y comenzó a parecerme también un lugar de preparación.

Hay que ir a nuestro propio eremos precisamente para fortalecernos espiritualmente.

Especialmente cuando aparecen la dificultad, el dolor o la incertidumbre.

Y, sin embargo, yo suelo hacer exactamente lo contrario.

Cuando llegan los problemas, acelero.

Hago más.

Pienso más.

Intento resolver más.

El sistema me ha enseñado a correr precisamente cuando más necesito detenerme.

¿Y tú? 

¿También corres?

Yo tendré que recordármelo una y otra vez, tantas veces como sea necesario:

“¡Despierta! ¡Despierta! Solo despierta.”

“¿Cómo vas a vivir? ¿Vas a elegir tú, a decidir tú… o te dejarás arrastrar por la corriente de tus viejos hábitos, patrones y creencias?”

—John Mark Comer

Cuando estoy presente: me veo y te veo

Los peros

Y entonces aparecen los peros.

No tengo tiempo.

No tengo apoyo.

Tengo demasiadas responsabilidades.

Pero comienzo a comprender que no se trata solamente de lo que hago, sino de la mentalidad con la que estoy viviendo.

De creer que el amor es sacrificio.

De creer que valgo por lo que hago.

Del tiempo que entrego a los distractores.

De creer que la vida consiste en acelerar en lugar de disfrutar.

Una y otra vez llegaba al final del día cansada y, honestamente, no lograba ver qué habría podido hacer diferente. Miraba mi día y todo parecía necesario. Todo parecía importante. A todo parecía que debía decirle que sí.

Así que comencé a observarme.

Día tras día.

Y poco a poco empezaron a revelarse opciones que antes no podía ver.

Comencé a identificar los asuntos que drenaban mi energía y a resolverlos cuanto antes para dejar de llevarlos conmigo. Identifiqué los pensamientos intrusivos que me sacaban del presente. Aprendí a hacer pequeñas pausas, a respirar, a cambiar de actividad antes de extenuarme.

Y comprendí que también puedo decir que no.

En especial a esa voz dentro en mi cabeza que insiste: “¡Vamos, que sí puedes!”

Porque poder hacer algo no significa que tenga que hacerlo.

Y quizá una de las cosas que más necesito desaprender es precisamente esa: creer que mi capacidad es una obligación.

“¿Por qué deberíamos vivir con tanta prisa desperdiciando nuestras vidas?”

—John Mark Comer

No importa demasiado si estoy trabajando o de vacaciones si mi mente permanece siempre en otro lugar y continúo sintiendo que corro.

Lo que empieza a importarme es cuánta presencia soy capaz de sostener mientras vivo.

Nuestra vida no es un recurso para obtener algo a cambio. 

No estoy viva para acelerar, llegar al final del día y comprobar que resolví un montón de asuntos.

Estoy viva porque la vida misma es el regalo. 

Placer: lentificar el momento 

Placer consciente.

“El fin es invertir cada momento del día en el placer consciente de la compañía de Jesús.”

—John Mark Comer

Tu capacidad de sentir placer tiene mucho que ver con tu relación con el tiempo.

Si padeces la enfermedad de la prisa, no importa dónde estés ni qué estés haciendo: incluso en medio de aquello que amas, una parte de ti ya estará corriendo hacia lo siguiente.

Pero cuando logras permanecer en tu centro y entrar en el ritmo de la gracia, el placer comienza a aparecer de manera tan natural como respirar.

No necesitas tener todo aquello que alguna vez creíste indispensable para ser feliz: cosas materiales o, como lo plantea el autor, “más vida”, llámese pareja, títulos, hijos…

Tu cuerpo ya está dispuesto para el placer.

Tu alma, para el gozo.

Solo necesitas estar suficientemente presente para sentirlos. 

¿Sabes cuál es la clave?: Ralentizar

“No necesitamos salirnos con la nuestra para ser felices.”

—John Mark Comer 

Incluso en la Biblia encontramos un ritmo para la creación: seis días para crear y uno para el placer. 

Sé que puede sonar extraño, pero creo que nos lo han explicado todo al revés. 

Durante mucho tiempo entendí ese séptimo día como descanso. 

¿Cómo podría un Dios todopoderoso necesitar parar porque estaba cansado?

Claro que no. 

Mira nomás, la palabra hebrea shabbath, de la que se origina Sabbat, también puede ser traducida como deleitarse. 

Entonces comencé a verlo de otra manera: Dios no paró porque ya no podía más.

Paró porque también había un tiempo para contemplar y disfrutar lo creado.

Y esto cambia mucho para mí.

Porque yo he hecho exactamente lo contrario. He esperado a estar agotada para darme permiso de parar. Como si primero tuviera que demostrar que hice suficiente para merecerlo.

Ahora quiero aprender otro ritmo. No llegar exhausta al final del día para demostrar que mi vida fue productiva.

Crear y detenerme, no por extenuación, sino para darle cabida al disfrute.

“Pocas personas están dispuestas a entrar en el Sabbat y santificarlo, a considerarlo un día santo, porque un día entero de deleite y gozo es más de lo que la mayoría puede sostener toda su vida, mucho menos durante una semana”

—John Mark Comer 

A menor velocidad: mayor apreciación 

Quizá vivir sin prisa no signifique hacer poco.

Quizá signifique estar verdaderamente presente mientras hago lo que he elegido hacer.

Comer y estar comiendo.

Caminar y estar caminando.

Conversar y estar conversando.

Amar y estar amando.

Vivir y estar viviendo.

Y quizá la pregunta que quiero llevar conmigo a partir de ahora ya no sea:

¿Cuánto alcancé a hacer hoy?

Sino:

¿Cuánta vida fui capaz de sentir? 

Sigueme en mi cuenta de Instagram, @loquemedijounlibro



Comentarios

Publicar un comentario

Entradas más populares de este blog

ESTE DOLOR NO ES MÍO – MARK WOLYNN

SATÁN-YEHUDA BERG

EL CAMINO DEL HOMBRE SUPERIOR-DAVID DEIDA